Cinco sentidos

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¿Qué fuimos antes de amarnos?
¿Quién eras tú?
¿Y yo quien era?
(Lina Zerón, poeta)

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Terminamos los cafés y seguimos con las copas. La sobremesa se iba prolongando, tal y como era de esperarse. Como una versión humana del cortejo animal. Las sillas y los gestos se iban acercando. Una mano rozó a otra, instante que aprovechó para abrir la boca.

−¿A qué huele un cuerpo enamorado?, preguntó.

¡Joder! ¿A qué viene eso?, pensé. ¿A qué huele un cuerpo enamorado? ¿Y me lo pregunta a mí, precisamente a mí, ahora y aquí?… Ante mi silencio, su boca insistió en seguir abriéndose.

−¿Amor, pasión, ternura, futuro, pieles que se funden, perfume, magia, a ti, a mí…?, enlistaba mientras me miraba a los ojos.

Conteniendo mis ganas de salir corriendo, retiré su mano de la mía. Respiré dos veces. Me acerqué a su oído.

− Un cuerpo enamorado no tiene olor, porque quien ha estado enamorado bien sabe que en ese acto se pierden todos los sentidos. La zozobra del enamorado le impide ver, oír, saborear, oler o tocar nada más allá que su propia angustia. La de aquel que se sabe muerto en amor… En todo caso, a eso huele un cuerpo enamorado: a muerte. A esa dulce e in-voluntaria muerte que se va apoderando del inerme corazón de los amantes, esclavos de la incertidumbre que provoca un amor recién nacido. Corazones acechados por perennes y pestilentes dudas que, en consecuencia, terminan impregnando de olor a muerte a los cuerpos enamorados…

Estiré mi brazo y lo deslicé suavemente debajo de su nariz.

−¿Lo hueles?… Hace mucho tiempo que morí.

Aproveché el silencio, y su desconcierto, para desaparecer.

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De aquellos polvos estos lodos…

 

Juan, Majadero Jones…

“Una explicación que nadie me ha pedido.
La palabra MAJADERO viene de “majo” (martillo de hierro) y este del latín “malleus” (martillo). Originalmente se refería al palo que sostiene la cabeza del majo. Luego pasó a designarse a la persona que usa el majo. Luego a la persona que importuna o molesta con el ruido del majo.
Finalmente a la persona necia y porfiada que no para en sus majaderías.
Creo que he elegido bien. “

(Juan, Majadero Jones)

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La muerte, como noticia, siempre conmueve, aún cuando se trate de muertes lejanas. Más, si la noticia es sobre alguien cercano, duele como un golpe bajo, muy mal dado.

Ayer, mientras comía  tacos y bebía tequila, alegremente,  en Madrid, recibí un mensaje que nunca habría querido leer: «Juanito, Majadero Jones, se ha ido».

Le conocí en mis épocas de «tabernera». Apareció en la barra del brazo de Aurora, su pareja. Me retó: «¿No tendrás tequila bueno, mexicana?»… Y yo, que soy como soy, le saqué una botella de Tradicional y me quedé tan ancha.

A partir de ahí, nos fuimos haciendo amigos. Comidas, veranos, vinos y barra. Luego llegó el facebook y nos «veíamos» más.

Solía verle acompañado de Toñín y de Pilar, esa pareja maravillosa que, como Juan, saben transmitir su afecto en abrazos y besos bien dados. Ahora, todos estamos muy tristes. Se ha marchado con sus apenas cincuenta y un años, sin despedirse, como solía hacer.

El último trago de mi tequila, Juan, fue por ti.

¡Buen viaje!

(Y salúdame a Carlos…)

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Majadero Jones y la pandilla del terror...
Majadero Jones y la pandilla del terror…

Genuflexiones*

I

«Nunca» es una medida de extensión muy amplia donde «siempre» es un espacio muy breve.

II

La distancia entre dos puntos no es, necesariamente, la línea recta. Entre la vida y la muerte, hay muchas curvas.

III

De un buen tahúr y de un buen amante, lo que más se estima es su destreza para cambiar dos besos por media mentira.

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*Del libro Pizca de sal, Trama editorial (2011)

 

Sobre la cama de Marilyn Monroe*

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Foto El Paísº

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Scream
You began and ended in air
but where was the middle?
(Marilyn Monroe)

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Hay algo en esta fotografía que me inquieta.

No es el cuerpo bocabajo de la que sigue siendo el mito erótico más venerado desde el siglo pasado. Tampoco es lo estrecho de sus hombros que aparecen tan frágiles como su propia vida. No es el pelo corto, revuelto, casi con cierto aroma a sucio. Ni es esa pequeña mácula en su espalda derrotada.

El dedo acusador sobre el arma mortal en primer plano, pasa a un tercero. Mis ojos escudriñan la mesita de noche: desordenada, llena de papeles y botes de pastillas arrinconando a una pequeña lámpara, tan asustada como fuera de lugar. Debajo de ella, poco discreto, un bote de basura. Quizá para vaciar las pesadillas de sus monstruos.

Sin duda, se asemeja a la mesilla de cualquiera de nosotros. La sensación de vida sobre esas tres patas de madera contrasta con la falta de ella sobre la cama.

Ya caigo: es la cama la que me incomoda. No es la que yo esperaba para Marilyn Monroe. Apenas un colchón cubierto con sábanas de algodón que imagino blancas, con dos almohadas tan normales como las que uso cada noche, sobre un bajo colchón tan corriente como el que hay, ahora mismo, en mi propia habitación.

Sin cabecero ni oropeles, la  simpleza de la cama golpea en la cara. No se advierten lacas exóticas ni finos hilos de oro enalteciendo la divinidad de la diosa. No hay coquetería femenina ni pretensión alguna. Imagino su cabeza recargada en la pared, leyendo algún texto o escribiendo cuatro versos. No es difícil palpar su almohada mojada de noches solitarias: ella, que tan sólo quiso ser amada como una simple mortal.

No veo nada más: es una cama tan desnuda como su propio cuerpo. Una cama tan común como la mía.

(* Entrada publicada el 7 de febrero de 2011.)

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Cuarta planta

 

Lo malo de la mala espera es la cantidad de cosas que se pueden observar mientras avanza, impasible, el tiempo.

Eso es lo que hacía María, una vez más: contemplar a su alrededor.

Un radiante sol de primavera se colaba por la ventana de su habitación, cuando decidió que ella sería un cadáver de piel tersa.

Con las carnes firmes, y con buen olor, su muerte tendría la tez rosada.

A su boca no asomaría ningún rictus que afeara su sonrisa.

Deseo ser una muerta de muerte hermosa. De piernas ligeras, sin venas rotas.

No habría artrosis en sus manos, ni canas en su larga cabellera.

María decidió morir en paz.

Y así lo hizo, tras salir del hospital…

 

 

Birlibirloque

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Nació en año bisiesto, lo que ya per se lo hacía especial. Sus padres le convencieron de que él sólo podría cumplir años cuando el calendario marcara la fecha de su nacimiento: 29 de febrero. Así que, mientras sus amigos sumaban cuatro décadas, él apenas celebraba su décimo cumpleaños.

Le llamaron Bienvenido, motivo de más de cuatro disgustos escolares. Sus padres le aseguraron que lo bautizaron con tal santo por la felicidad que les produjo su llegada. La verdad es que fue el señor cura, faltó de inspiración, que, tras mirar el cartel de la puerta del bar, decidió llamarlo así.

A los ocho años, el oftalmólogo le incrustó unas feas y pesadas gafas, con la intención de corregir la bizquera que le hacía tropezar con cuanto objeto se le ponía por delante. Una vez más, sus padres le engañaron. Le juraron que así se veía más guapo y algo mayor. El creyó creerles.

En la adolescencia se sintió bisexual. Igual de fuerte era el amor que sentía por Rosita, su compañera de banca, que por Perico, el portero del equipo de fútbol. Fue el nuevo cura el que le convenció de que sentir todo eso, era el mayor de los pecados. «Con rezar quince padres nuestros y un baño helado cada noche, se te quitarán los malos pensamientos», le recetó.

En el patio del instituto aprendió a fumar con un cigarrillo bisonte. Esta vez, fue él quien se descubrió engañando a sus padres. Y le gustó.

Se graduó de bibliotecario. Al poco tiempo, raposeando al secretario, se hizo jefe de la Biblioteca Provincial, a la que iba cada mañana ―y salía cada tarde―  con la bicicleta en la mano. Nunca consiguió mantener el equilibrio.

Una tarde tuvo que llamar la atención a dos mujeres que bisbiseaban en un rincón de la sala de lectura. Una se llamaba Bibiana. Con ella se casó. Pero, se enamoró de la otra. Así que, mintiendo un poco a cada una, se hizo con las dos.

Entrados los cincuenta, tuvo que pasar una temporada en el pabellón de psiquiatría del Hospital Central, diagnosticado de un severo trastorno bipolar. No le resultó difícil aparentar delante del médico, de la enfermera y hasta del celador. Volvió a casa cargado de pastillas.

Sus mujeres le abandonaron al poco de llegar. Las dos, cada una en su casa, le reclamaron su mal carácter. «Un mal bicho te has vuelto», dijo una. «Es bilis lo que te corre por las venas», le dijo la otra. De ninguna de las dos volvió a tener razón.

Lo cierto es que, no estaban equivocadas. El tratamiento para mantenerlo cuerdo, le estaba carcomiendo las entrañas. La biopsia no mintió.

Por eso, desde entonces, Bienvenido se pasa los días puliendo el exquisito arte del birlibirloque que tan bien aprendió de sus mayores. A la vida ya la tiene engañada. A la muerte, no la dejará llegar. No, al menos, hasta cumplir la mayoría de edad.

No en vano había nacido bisiesto…

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Insomnios IV

Febrero 13, 2010.

Uno de los grandes problemas de una cuidadora y/o acompañante de un enfermo tan enfermo, es tener la certeza de que todo lo que se  hace o se puede hacer, no llegará a buen puerto. Hace poco, alguien me dijo que estaba equivocada en mi reflexión, que se trata de hacer la vida agradable al enfermo para que tenga una muerte feliz. Pero ¿acaso alguién muere feliz? ¿No es, en si, una gran contradicción?

            La muerte nunca es feliz. Hasta donde yo puedo entender, por más romántica que pueda ser, nadie se siente feliz ante un hecho desconocido, del que únicamente reconocemos su fatal contundencia. Una persona que muere en un accidente, desde luego no lo hace feliz: lo hará sorprendida,  llena de dolor, atemorizada. Un suicida, lo es por la desesperación, cuestión bastante lejana del concepto felicidad. No creo que, los condenados a muerte, encuentren en ella felicidad. Estoy convencida que la cambiarían, sin duda, por la cadena perpetua. Los que mueren por amor, desde luego mueren de dolor. Incluso, aquellos que mueren dormidos, ni siquiera son conscientes de ello, así pues, ni pánico, ni dolor, ni felicidad. No, no creo que nadie muera feliz. Como mucho, se puede morir tranquilo.

            Estos tres últimos días, la casa ha estado revolucionada. Tu homenaje ha sido como un chute de vitalidad y estás hiperactivo. El teléfono no ha parado de sonar:  te han llamado amigos que no fueron y amigos que sí lo hicieron, pero que quieren comentar contigo. Te he hecho la lista de los libros que tienes que firmar: te cuesta tanto trabajo, pero deseas hacerlo.

            Pero, ayer, me he enfadado mucho contigo y en mi insomnio, me he sentido fatal.

            Me invadió la rabia cuando te sorprendí con un chupito de tequila en la mano. Sé que ésta extra-dosis de energía te hizo pensar qué no pasaba nada. Y la verdad es que, a estas alturas, no pasa nada. Hace un mes que el médico dijo: «Dejadle hacer lo que le dé la gana» (eso traducido, significa lo que significa). Así pues, las normas se relajaron: puedes tomarte tus vinitos en las comidas y tus pinchos de sobrasada menorquina, tu favorita. Incluso, he cerrado los ojos a tus gin-tonic en Madrid: había gente, estábamos felices y… al final, ya ves lo qué te pasó…

            Pero, el chupito me sacó de mis casillas. Te dije cosas feas, lo siento. Sé qué lo haces lo mejor que puedes, como sabes o como sientes. Fue tan absurdo cuando te dije qué eso era veneno para ti ¡Pero si el veneno te habita desde hace tiempo! Te dije qué sí hacías eso, te ibas a morir ¡Es la mayor estupidez que he dicho en mi vida! No te estaba diciendo nada que tú no sepas…

            Anoche, en mi insomnio, comprendí que a ti, en ese momento, aquello te hacia feliz. Y te lo jodí con mis miedos. Quizá, lo qué tenía que haber hecho, era haberme puesto un chupito yo también y brindar contigo, como en los viejos tiempos, cuando nos sentábamos a charlar, a beber y a escribir el futuro.

            Eso, en el fondo, es lo que me dolió: no haberlo hecho…