Sirope de ARCE

Martes. Me bajo en la estación de Alonso Martínez y camino por la calle de Génova hacia la glorieta de Colón.  Miro el reloj. Son las cinco de la tarde y el clima es muy agradable.

Inevitable, al otro lado de la acera, veo una marquesina de color azul y pienso en la reforma laboral, la subida de impuestos y los recortes a discreción. Instintivamente, agilizo el paso, como si con ello apurase el mal trago de los años por venir. Cuando, de pronto, unas banderolas rojas, al otro lado de la calle, en Zurbano para ser precisa, reclaman mi atención.

¿Algo rojo frente al azul popular? Eso tengo que verlo, me digo. Recorro el paso de peatones.  En las banderolas se puede leer ARCE. Hay una puerta que empuja a pasar, y paso. Descubro un espacio muy agradable, que invita a tomarse la tarde libre curioseando todo lo que ahí exponen.

Se trata de la Asociación de Revistas Culturas de España, ARCE. No puedo evitar asociar sus siglas con los arces que florecen al final del invierno.

«En tiempos convulsos, de cambios e incertidumbres, las revistas culturales vuelven a ser imprescindibles para la información, el análisis y el debate, y como elementos necesarios para la construcción del pensamiento crítico.  En momentos en los que, además, trabajamos para definir la convivencia de los distintos soportes y formatos en la búsqueda de mayor visibilidad para los contenidos de calidad, las revistas culturales vuelven a salir a la calle en un nuevo local en Madrid.», responden a mi pregunta, mientras hojeo una de las cien cabeceras de las revistas ahí expuestas.

El recién inaugurado ESPACIO ARCE  de la C/ Zurbano, 4 es un lugar para descubrir publicaciones centradas en nueve áreas temáticas de todos los órdenes de la cultura y el pensamiento. Se trata de un lugar fundamental para la difusión de las revistas culturales, así  como para su venta, suscripción y la posibilidad de encontrar números atrasados.  Así mismo, ofrece un territorio abierto a la organización de presentaciones, debates y actividades. Igual de abierto a la colaboración con otras iniciativas culturales.

Inevitable, salgo de ahí con un pequeño botín: Visual, Litoral, Trama&Texturas… Me regalan un bonito catálogo, un café y diez minutos de reposo en su magnífico sofá. ¿Se puede pedir algo más?

Pues sí, también me llevo la dirección de su Quiosco Digital y la suscripción a su boletín de novedades, por aquello de los que vivimos fuera de Madrid.

Vuelvo a la calle con un dulce sabor de boca, como el que deja el sirope de arce, ese árbol milenario que, por la firmeza de su madera, es capaz de sobrevivir al peor de los climas, sin dejar de ser la fuente principal de polen y néctar en sus bosques.

Les invito, igual que abejas, a colaborar, visitar, comprar, suscribir, el ESPACIO ARCE.

¡Vamos a polinizarnos en tan aguerrido enjambre cultural!

 

 

 

 

 

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Acoso textual

 

― ¡Hola! Disculpa si te llamo a casa. Es que me urge saber si ya recibiste mi carta. También la envié por fax a tu oficina y a tu correo electrónico. Ya de paso, la colgué en tu muro. Pero, por si acaso no las ha visto, ahora mismo te la leo… Espera… espera, no cortes…

«Mí venerado amor:
Te deseo. Te necesito. Te pienso. Te quiero. Te extraño. Te sueño. Te anhelo. Te espero.
Te deseo. Te necesito. Te pienso. Te quiero. Te extraño. Te sueño. Te anhelo. Te espero.
Te deseo. Te necesito. Te pienso. Te quiero. Te extraño. Te sueño. Te anhelo. Te espero.
Te deseo. Te necesito. Te pienso. Te quiero. Te extraño. Te sueño. Te anhelo. Te espero.
Te deseo. Te necesito. Te pienso. Te quiero. Te extraño. Te sueño. Te anhelo. Te espero.
Te deseo. Te necesito. Te pienso. Te quiero. Te extraño. Te sueño. Te anhelo. Te espero…»

 

― ¿Oye?… ¡¿Aló?!… ¿Me escuchas?… ¿Cariño?… ¿Sigues ahí?…

 

 

Una tarde de placer

Miras a través de la ventana. El sol se está ocultando. La habitación se queda en penumbra, apenas iluminada por el sutil toque de luz que ofrecen un par de velas. Estás inquieta. Aunque lo esperas, te sorprende. Sus manos tocan tu espalda desnuda. Te estremeces. La firmeza de sus dedos te derrota. Huele bien. Es cálido, suave. Disfrutas el sube y baja del placer deseado. Un ir y venir resuelto. Su respiración y la tuya se vuelven una. Te dejas llevar…

Cuarenta y cinco minutos exactos. No hay más. Detrás de ti, otra espera. Satisfecha, pagas la tarifa.

Es lo que vale un buen masaje…

 

* La idea se la robé a Ana San Romualdo, boca inagotable de historias…