Valium

¡No es alergia, es amor!  A punto estuvo de escupir la verdad.

Conmovida por la aflicción del pobre médico que, abatido,  le comunicó lo que ya sabía: había sido imposible descubrir el alérgeno que la afectaba. Por desgracia, tendría que pasar el resto de su vida pendiente de los fármacos.

Pero Julia estaba obligada a callar. De haber descubierto su secreto, la esperada receta semanal, que incluía antihistamínicos para combatir lo síntomas  y valium, para conjurar por las noches, el desasosiego que le producía su maldita enfermedad, le sería retirada.

Y ella necesitaba ―como un sediento al agua― cada una de esas pastillas, para poder mantener anestesiadas  las molestias provocadas por su ausencia…

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Veinte euros

Algo en el billete azul de veinte euros llamó su atención. Se lo había dado el último cliente que había entrado. Lo extendió, alisándolo con cuidado, hasta leer «Este billete es para el cepillo de la iglesia de Villaroja,  en gratitud al favor concedido por la Virgencita de los Desamparados».

Instintivamente, Malú se persignó y lo cambió  por otro igual que tenía en el bolso, escondiéndolo entre los recibos y resguardos que conservaba inútilmente en su cartera.

Dos mañanas después, decidió acercarse a la iglesia citada en el billete. Sentía la necesidad de devolverlo a su sitio, aunque no la dejaba en paz la curiosidad por saber el camino qué había seguido el papel moneda, desde el final de alguna misa hasta llegar a sus manos.

Llegó al mediodía a Villaroja, un pueblo pequeño dónde los haya. Apenas una plazoleta con el ayuntamiento. Una tienda «de todo», un bar y al fondo, majestuosa, la torre de piedra de la iglesia. Dispersadas, un montón de casas, también de piedra, tejados rojos y perros sueltos.

Se acercó a la iglesia, que estaba cerrada. Entró en la tienda y preguntó por el señor cura. Le informaron que hasta el siguiente sábado no daría misa y no podían darle más razón. Decidió ir al ayuntamiento, pero el alcalde andaba cuidando el ganado. Entró al bar, pidió un café y evitando la mirada inquieta del dueño, se sirvió dos de azúcar.

Luego, sacó el billete cuidadosamente guardado y lo extendió sobre la barra, con la leyenda bien visible. El hombre lo cogió, lo leyó y tras rascarse la cabeza con el dedo índice, la miró socarrón:

― Así que tú eres la puta del Poli… ¡menudo cabrón está hecho!…  Ya decía yo qué tanta vocación de sacristán sería por algo…

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Olimpo

Hay fiesta en el jardín de Adonis. Tánatos corretea  feliz, celebrando que ha ganado otra partida. Como siempre.

Y ganar, cuando se va perdiendo por amor, concede un exquisito y cruel placer.

Eros, derrotado, busca consuelo entre los brazos de Hera.

La diosa, sentada a la sombra de un olivo, lo abriga y, en silencio, se lamenta por no haber vencido en esta batalla. Tarde o temprano, Tánatos siempre se sale con la suya. Lo malo es que lo haga tan pronto y con quien menos lo merece.

― De eso no estés tan segura, querida mía ―le responde Atenea― La dulce muerte, aunque parezca prematura e injusta, tan sólo es concedida a unos cuantos elegidos. En este caso, estarás de acuerdo, en que todo ha estado rodeado de paz y de dulzura, concluye sabiamente.

Dilos toca la lira. Baco aligera la música.

Abajo, en cualquier rincón terrenal, una simple mortal, mira al cielo y piensa en la paradójica razón que hace que, al terminar con el dolor de él, comience el suyo…

¿Es acaso el dolor una estafeta? ― pregunta.

Zeus duerme.

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Puertas

Lo peor de todo, es tener que abrir las puertas.

Conoces de memoria todo lo que hay detrás de ellas. Un miedo irracional,  te impide hacerlo.

Es la certeza de lo que ya no hay detrás de ellas.

Entonces, la memoria duele.

El desierto (2)

A Carlos, desde aquella tarde…

Abrumado por tanto dolor, el animal herido huía cuando su mirada tropezó conmigo y yo salí volando.

Al tiempo, aquellos ojos, medio marrones, medio verdes, me volvieron a encontrar  ―distraída―  en un rincón del desierto cotidiano. Con urgencia, desaparecí.

No me sirvió de nada. Imperceptible, su contemplación se fue enredando con mí soledad, abrasándome. Una tarde de febrero le miré por primera vez. Sonreí.

Desde ese momento ― sin perderme de vista ni un instante ― me robó el alma, el cuerpo y la razón.

Apagué la luz, cerré los ojos y le dejé hacer.

(Cuando volví a ver, él miraba para otro lado.)

(Variación sobre un cuento chino)
Julio 2007/ Mayo 2010

Texto leído en el homenaje a Carlos Álvarez-Ude en Poo de Llanes.

El pasado día 1 de mayo, en el Centro de Cerámica de Póo de Llanes, Asturias (un sitio que hay que conocer) se le rindió un cálido homenaje a Carlos. Organizado por Miguel Trevín y Avelino (sus amigos de toda la vida), participaron de sus recuerdos el poeta Leopoldo Sánchez Torres; el escritor Luis Arias Argüelles-Meres; su hermano Fernando y su “primogénito” Juan, además del propio Trevín y yo misma.

Hablar de Carlos Álvarez-Ude resulta relativamente sencillo. Sería repetir lo que  un montón de personas han dicho, y escrito, acerca de su bien hacer profesional. De su singular generosidad, algo muy escaso, en el entorno literario. Sería redundar en su gran sentido de la amistad y de la solidaridad.

Lo que sí podría agregar, es algo acerca de la excepcional expresividad de sus ojos.

Pero, en esta ocasión, me gustaría destacar una faceta que tuve el privilegio de conocer, y vivir, al lado de él. La del editor riguroso… y enamorado.

A través de las cartas que solíamos escribirnos, Carlos intuyó en mí la capacidad de transmitir a partir de la escritura. Yo misma la ignoraba, no obstante él, a lo largo de  los años, me insistió para que me lo tomara en serio. Yo, con la desconfianza que da, el ni siquiera haberme planteado jamás, volar en globo y escribir un libro, me reía de él y le decía que me leía con ojos de amante.

Pero sembró la semilla de la duda y comencé a inventar historias que, luego, discusión mediante, entre autora y editor, él me iba corrigiendo. Y así, sin darnos cuenta, ya estaba yo publicando mi primer libro. Creo que, además de su mujer, para él fui un muy  personal proyecto editorial, del que se sintió muy orgulloso.

También, estoy segura, que se involucró tanto en desarrollar mis habilidades, para poder evadir las suyas, que en él eran innatas.

Yo siempre le preguntaba qué razón había para que, a esas alturas de su vida, jamás hubiese publicado su propio libro. Sobre todo, conociendo la gran cantidad de poemas que a lo largo de la misma fue escribiendo: para cada uno de sus amores; para sus hijos; para sus amigos; para la vida misma… Carlos, mostrando el índice derecho, en ese gesto tan suyo, me decía: «Después de haber leído que la vida iba en serio, yo no tengo nada qué decir» Así pues, la culpa era de Gil de Biedma… y yo, sin argumentos, aceptaba su respuesta…

Hasta el día que se me ocurrió robarle el original de «Los mares detenidos» (Trama Editorial, 2010)  y publicarlo, con la complicidad de sus buenos amigos Marcelo y  Manolo Ortuño. De no haberlo hecho así, Carlos, pudoroso y, porque no decirlo, temeroso de no encajar la crítica, jamás habría tenido su primer libro publicado.

Y digo primer, porque tengo toda la intención de rescatar una serie de poemas que he ido encontrando en el cajón de los recuerdos, así como diversos textos y correspondencia, que bien pueden dar un buen repaso a la vida literaria desde 1970 al 2005, años en los que estuvo inmerso de lleno en el mundo editorial y poético, no sólo de España, sino de América en general.

Carlos y yo no tuvimos hijos, sin embargo, conformamos una hermosa familia numerosa: Juan, Eva, Sara y Daniela, dos perros y una gata.

Y, bueno, si: tuvimos dos bellos hijos de papel, que llevan nuestros apellidos…

Quince días después del homenaje que le organizó la querida comadre, Ruth Toledano,  el 8 de febrero en el Círculo de Bellas Artes en Madrid, recibió una carta de Don Antonio (para él), Gamoneda para todos los demás. En esa hermosa hoja de papel, escrita a mano —que, por cierto,  me pasé «traduciendo» más de cuatro horas—  el poeta le dice:

Gracias, muchas gracias por Los Mares Detenidos , un libro espléndido, que he leído de un tirón, que sin duda, va a colocarte en el alto lugar de reconocimiento en que, no sé porque no estabas. O sí, si lo sé: porque durante toda tu vida, has hecho más por otros, que por ti mismo. Pues a ver si te acuerdas de una puñetera vez de Carlos Álvarez-Ude, de Carlos el que escribe cosas como

«Incertidumbre de la miel que recuerda

y se adhiere al corazón del amante…»

Después de leer la carta, Carlos guardó silencio durante dos días. Al tercero, me pidió que le transcribiese, de su libretita, negra y roja,  el libro de “La Losa”: «Tengo que ponerme a corregir algunos versos» me dijo.  Pero fueron más las ganas, que las fuerzas…

La madrugada anterior a su partida, recobró algo de fuerza. Me llamó y me pidió un cigarro. Nos lo fumamos juntos. Luego, me pidió que le diera un beso y me preguntó «¿Me quieres?» Yo, como siempre hacíamos en esos juegos pactados de pareja, le respondí: «ya sabes que no». Sonrió y me dijo que apagara la luz…

Y, ya ves, Carlos (me van a disculpar, pero esto es entre él y yo),  al final me has hecho venir a Llanes. Aunque de muy mala manera, querido…

Dónde estés haciendo versos, gracias por estos años…

Centro de Cerámica de Póo de Llanes

1 de mayo, 2010.