Crónica de una pregunta inevitable

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Se lo fue advirtiendo por activa, por pasiva y hasta por reflexiva.
Lo hizo por la mañana, por la noche, y algunas veces, por teléfono.
También a voces. También sin voz, pero por escrito. Una vez trató en silencio.
Alguna tarde lo intentó con risas que, inevitables, se trocaron en sal.
Por ahí leyó que era bueno hacerlo con velas y vino. Tan solo consiguió enturbiar la oscuridad.
Lo probó con todo y se quedó sin nada. Al final, un mal día, se rindió.

− ¿Cuándo dejaste de quererme?, le escuchó preguntar desde el fondo del insomnio.

No consiguió responder.
También se le habían muerto las palabras.

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Me voy, Julieta Venegas.

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El juego de las almohadas

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Vas-tu l’aimer la vie ou la regarder juste passer?

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Pues bien: juguemos.
Yo me pondré tus zapatos y tú te enredarás con mis miedos.
Tendrás que hacer que tus ojos me vuelvan a mirar como te miro yo a ti.
Soltar las palabras que de mi boca ya no se atreven a salir. A cambio,
yo guardaré silencio siendo tú.
¡Cómo me duele el rictus de tu cara! Pero tú no temas: por sonreír nunca se ha muerto nadie.
Y luego, cuando caiga la noche, mientras yo duermo como tú, te tocará conjurar al insomnio como yo, pensando en nosotros. En esos extraños y felices locos que nos creíamos ser  cuando estábamos juntos.
No solos, en la almohada de al lado.

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(Mio)cardio

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No fue el colesterol ni el exceso de grasas. Tampoco tuvieron la culpa los dos paquetes de tabaco diarios ni el último gintonic. El stress no fue el causante, ni el insomnio ni las citas clandestinas.

 

No, fue el desprecio de sus ojos lo que le mató.

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Insomnios VI

Febrero 20, 2010.

Viernes por la noche. Estoy metida en la cama, en alerta, pues estás muy inquieto.

            Al caer la tarde, te ha llamado tu viejo amigo Luis Alberto de Cuenca. «Me gusta hablar de la vida con él», me dijiste. Estuviste largo rato contándome de cuando le conociste y de cómo se fraguó el cariño entre los dos. Del gran respeto que le guardas como poeta e intelectual. Pero, sobre todo, de la inmensa admiración que le profesas como persona. Te imaginé sentado en el bar de la calle Juan Bravo donde, me dices, le viste por primera vez.

            Supongo que, exaltado por los recuerdos y la nostalgia, me pediste el número de Don Antonio. «¿De qué Antonio?» te pregunté. «De Gamoneda» me respondiste con cierto fastidio en la voz ¿Cómo no saber que Don Antonio es él? Fue divertido escucharte y deducir lo que pasaba al otro lado de la línea. Al final, habéis quedado para ir a tomar unos vinos al Humedal…

            Para cerrar la noche, te llamó Juan José Lanz. Sólo alcancé a escuchar que le decías: «Juanjo, no te pongas sentimental». Luego, dejaste el teléfono y lo único que dijiste fue: «Veinticinco años». Y no volviste a hablar.

            Por supuesto, tantas emociones juntas, te agotaron. Te metí en la cama muy pronto, pues estabas especialmente «torpe». Cuando salía de la habitación, me diste un ejemplar de tu libro: «Toma» —¿Para quién es?, te pregunté . «Para ti…»

            Me quedé parada. No me esperaba eso. «Para mi Valentina, luz de mis ojos» habías escrito con una minúscula letra y una extraña fecha: 08/02/1012. Así has firmado varios libros: 1012.  Me reí y te dije que tenías una errata en la dedicatoria. «Trampas del editor» afirmaste. Te di un par de besos y me fui con mi ejemplar entre las manos. Al poco, me llamaste de nuevo para decirme: «Tú aún no me has dedicado tu libro». Es verdad, no se me había ocurrido.

            Me quedé pensando en ello.

            Don Manuel Ortuño, padre, me hizo firmarle el primer ejemplar de mi libro. Entonces, nerviosa y abochornada, le pregunté qué era lo que se debía escribir en una dedicatoria. Él, hombre sabio y amable, me aconsejó:«Tú siempre escribe Con amor y la firma, así nunca fallas».

            El caso es que, a estas alturas, he firmado algunos libros con más que amor, tratando siempre de dar un toque especial a cada mensaje, que es, al fin y al cabo, lo que la otra persona espera. Pero, en tu caso, querido mío, no puedo escribir con amor, con cariño ni cosas así. Eso te lo trato de  dar a cada momento y sin recato. No hay lugares comunes qué dedicarte ni palabras que se ajusten a tres líneas en este libro: es este trozo de vida, mi mejor dedicatoria.

            Al final, en un avanzado estado de insomnio me tuve que admitir que en realidad, lo que me impide firmarte el libro es pensar que, en cualquier momento, lo tendría que meter en la maleta de los recuerdos. Mientras lo pueda evitar…

            Lo siento, la noche de anoche, no se me ocurrió nada feliz.

Insomnios V

Febrero 18, 2010.

            Esta vez mi insomnio no tiene nada que ver contigo. Te he apartado por un momento. Me urge una tregua. Aquello de «necesito mi espacio», por primera vez, ha cobrado sentido entre mis sábanas. Siempre me pareció una fantochada de la gente que, como argumento de la ausencia, decía: «necesito mi espacio». ¿Acaso, al nacer, no tenemos per se un espacio? Aquel que registran con nuestro nombre y apellidos y qué va creciendo tanto cómo seamos capaces de hacerlo.

            Lo cierto es que,  a veces, diluimos tanto ese espacio en los demás que, cuando te quieres dar cuenta, estás de puntilla en un solo pie sobre una invisible línea, como un mal equilibrista.

            Estoy leyendo el libro de Irina por segunda vez. «Carta a mi padre» es un desgarrador testimonio escrito por un viejo compañero de juegos de la infancia, aquejado de una cruel y despiadada enfermedad degenerativa y que hoy se ha convertido en una hermosa, valiente y cariñosa mujer. Cada palabra escrita en ese texto, para mi, en lo particular, cobra un montón de recuerdos y de más de una lágrima. Me enoja y me subleva leer por todo lo que ha pasado, sufrido y, sobre todo, sobrevivido.

            Uno de mis proyectos a corto plazo será conseguir que Irina venga a España. Quiere «devorarla» según me ha dicho y creo que es importante que su testimonio se conozca. Es una gran activista por los derechos de los discapacitados en México. Cuenta qué, en el edificio donde vive, le han puesto una denuncia por haber construido una rampa para su silla de ruedas. Los vecinos que han construido ventanas, terrazas, muros, puertas ilegales en el mismo sitio, están indignados por que ella puso una rampa para poder acceder a su casa. Es la única vecina en esa situación.

            La otra tarde, me animé a llamarla. Lo había pensado hacer hace semanas, pero me decía «no estoy para más dramas» cuando en realidad lo que me alejaba del teléfono era no saber cómo hablar con ella ¿o él y mis recuerdos?. Después de tantos años y tanto mar de distancia, un hilito de voz desconocida me sorprendió:

—    ¿Irina?

—    Si, ¿quién es?

—    Soy yo, Alejandra ¿cómo estás, cariño?

—    ¡Chamaca! ¡Qué alegría me das!

            Y de pronto, el tiempo no había pasado.

            Hace pocos años, cuando lo creía todo perdido, a punto —literalmente— de tirarse al vacío, decidió que, sí estaba dispuesta a morir, ¿por qué no a renacer? Entonces, inició su proceso de transexualidad. Lo comenzó a escondidas, vía internet, y puso su vida en peligro. Por fortuna, encontró un buen médico que la rescató a tiempo y la ha acompañado en todo el proceso. Por supuesto, familia y amigos, le han dado la espalda. No me extraña, resulta más cómodo hacer eso que tratar de aceptar, y respetar, las cosas que no entendemos.

            Desde muy pequeña, siempre escuché en casa que Rodolfito se moriría a los diez años o a los quince o a los veinte. Y, en efecto, el cascarón de Rodolfito murió hace poco tiempo para dejar nacer a una mujer que, por fin, mira al mundo de frente, sin rabia, con buenos ojos. Y que, en esencia, no ha dejado de ser la misma persona de siempre: revolucionaria y comprometida con la lucha por los derechos de los demás. Aún le recuerdo en su silla de ruedas, boina al estilo del Ché, bajo el sol del jardín de Coyoacán, cada fin de semana de muchos años, con su comité «Solidaridad con Cuba», recolectando dinero para enviar petróleo a la isla. Consiguieron mandar varios barcos de combustible y de ayuda para el pueblo cubano.

            Pero, claro, los revolucionarios, los rojos, los comunistas, los progres, los que se supone, luchan por el bienestar de los demás —entre ellos, su padre, mi padrino— no han querido entender que su legítima revolución personal ha triunfado y que, hoy por hoy, Irina es una mujer feliz, a pesar de que la enfermedad le va ganando terreno y la ceguera apenas la deja leer.

            Pienso en lo que habrá luchado para que, en un país como el mío, México, dónde se sigue considerando a los homosexuales «enfermos y degenerados», dónde aún los matan en la calle por serlo, dónde un transexual es «una loca vestida» Irina ha conseguido que, legalmente, se reconozca su nuevo nombre y sexo. Ya no más explicaciones a miradas mordaces. «¡Ya me han dado mis papeles!… ¡Es el triunfo!»… A modo de despedida, besos y promesas de un cercano (re)encuentro en la puerta de Alcalá.

            Esta historia, bien merece más de un insomnio. Va por ti, mi querida Irina.

Insomnios IV

Febrero 13, 2010.

Uno de los grandes problemas de una cuidadora y/o acompañante de un enfermo tan enfermo, es tener la certeza de que todo lo que se  hace o se puede hacer, no llegará a buen puerto. Hace poco, alguien me dijo que estaba equivocada en mi reflexión, que se trata de hacer la vida agradable al enfermo para que tenga una muerte feliz. Pero ¿acaso alguién muere feliz? ¿No es, en si, una gran contradicción?

            La muerte nunca es feliz. Hasta donde yo puedo entender, por más romántica que pueda ser, nadie se siente feliz ante un hecho desconocido, del que únicamente reconocemos su fatal contundencia. Una persona que muere en un accidente, desde luego no lo hace feliz: lo hará sorprendida,  llena de dolor, atemorizada. Un suicida, lo es por la desesperación, cuestión bastante lejana del concepto felicidad. No creo que, los condenados a muerte, encuentren en ella felicidad. Estoy convencida que la cambiarían, sin duda, por la cadena perpetua. Los que mueren por amor, desde luego mueren de dolor. Incluso, aquellos que mueren dormidos, ni siquiera son conscientes de ello, así pues, ni pánico, ni dolor, ni felicidad. No, no creo que nadie muera feliz. Como mucho, se puede morir tranquilo.

            Estos tres últimos días, la casa ha estado revolucionada. Tu homenaje ha sido como un chute de vitalidad y estás hiperactivo. El teléfono no ha parado de sonar:  te han llamado amigos que no fueron y amigos que sí lo hicieron, pero que quieren comentar contigo. Te he hecho la lista de los libros que tienes que firmar: te cuesta tanto trabajo, pero deseas hacerlo.

            Pero, ayer, me he enfadado mucho contigo y en mi insomnio, me he sentido fatal.

            Me invadió la rabia cuando te sorprendí con un chupito de tequila en la mano. Sé que ésta extra-dosis de energía te hizo pensar qué no pasaba nada. Y la verdad es que, a estas alturas, no pasa nada. Hace un mes que el médico dijo: «Dejadle hacer lo que le dé la gana» (eso traducido, significa lo que significa). Así pues, las normas se relajaron: puedes tomarte tus vinitos en las comidas y tus pinchos de sobrasada menorquina, tu favorita. Incluso, he cerrado los ojos a tus gin-tonic en Madrid: había gente, estábamos felices y… al final, ya ves lo qué te pasó…

            Pero, el chupito me sacó de mis casillas. Te dije cosas feas, lo siento. Sé qué lo haces lo mejor que puedes, como sabes o como sientes. Fue tan absurdo cuando te dije qué eso era veneno para ti ¡Pero si el veneno te habita desde hace tiempo! Te dije qué sí hacías eso, te ibas a morir ¡Es la mayor estupidez que he dicho en mi vida! No te estaba diciendo nada que tú no sepas…

            Anoche, en mi insomnio, comprendí que a ti, en ese momento, aquello te hacia feliz. Y te lo jodí con mis miedos. Quizá, lo qué tenía que haber hecho, era haberme puesto un chupito yo también y brindar contigo, como en los viejos tiempos, cuando nos sentábamos a charlar, a beber y a escribir el futuro.

            Eso, en el fondo, es lo que me dolió: no haberlo hecho…

Insomnios I

 Febrero 6, 2010.

Hace tiempo que el sueño no es profundo. Duermo como un vigía, siempre atenta a cualquier ruido. He pasado de ser un lirón a una felina, con la oreja siempre atenta. La noche ha dejado de ser cómplice para convertirse, sin apenas darme cuenta, en horas de sutil tortura. Y es que, casi todo lo malo pasa de noche. Poco puedo dormir. Estoy cansada.

            Me ha pedido mi amigo del alma, que escriba lo que estoy viviendo. Que sí puedo jugar con las palabras, las haga mis hermanas. «Nunca me ha gustado airear mis miserias», le respondí. «No será una miseria, será un espejo en el que podrás abandonar, por un instante, a la mujer de los ojos tristes», concluyó.

            He decidido hacerle caso y, a partir de hoy, escribiré esta especie de diario de las emociones y los insomnios. Han de disculparme hacerlo en este blog, en realidad, debería hacerlo en privado. Pero es lo que hago cada noche desde la almohada. Tengo la sensación de que, sí lo expongo a los ojos de los demás, ya no me quedaré con toda la tristeza para mi. Pido perdón si a quién lo lea, le hago participe de ella. No es egoísmo,  es necesidad.

            Para el médico soy la esposa, por tanto, la persona que tiene derecho a saberlo todo y, por ende, la obligación de hacer que todas sus instrucciones se lleven a cabo. Para la psicóloga, soy la acompañante. Para el estado, soy la cuidadora. Para los amigos, la amiga que lo está pasando mal. Para la familia, una suerte que resuelve los problemas. Para ti, tu seguridad. En este momento, no hay para mi.

            Ser cuidadora, acompañante, familiar, amiga, pareja se me convierte cada día en un reto lleno de incertidumbre. La puerta de la habitación está cerrada. Duermes. Cada tanto, me acerco: necesito escuchar algún sonido de vida. Trato de hacer la rutina diaria. Escribo sin letras. Compro el pan que se quedará duro. Hago una comida a la que no encontraremos sabor. Pienso en la lista de la compra, entonces, las preguntas diarias ¿cuánto compro?  De nuestro vocabulario se han borrado los planes. El “mañana lo hago”… “la próxima semana vamos”… “este verano iremos”. Hemos aprendido a vivir el aquí en este instante.

            Por la tarde, me siento a tu lado. Me coges de la mano y la aprietas tan fuerte como puedes, es decir, apenas para que yo sienta que están algo frías. Entonces, meto tus manos entre las mías y les intento dar calor. Se te escapa una lágrima, pero me dices que te pican los ojos. Te pongo gotas y así, te dejó llorar un rato. Luego, te quedas exhausto.

            Cuando crees que no me doy cuenta, te sorprendo mirándome. No, no me has fallado, pero no sé como convencerte de eso. Es la puta vida la que a veces tiene extrañas formas. Quizá es ésta la manera en que debemos amarnos. Ya sabes, la de los poetas…

            Llevas dos días malos. Estás triste, cansado. Te han cambiado la medicación y, quizá, eso influye, te digo a modo de consuelo. Pero, sé lo que le dijiste a Celia el miércoles pasado, cuando creías que yo no me iba a enterar : «Es que tengo un cáncer y con esto no se puede vivir». Es la primera vez que le has hablado a alguien, con todas sus letras, del dolor que te carcome. Ni siquiera a mi has sido capaz de decírmelo. Ni al médico, ni a tu hermano, ni a tus hijos. Después de tres años de batalla, he olido el miedo. Y trato que mis ojos no me delaten.

            Dentro de una par de días se juntan tus amigos, tus colegas, tu familia. Todos a uno queremos hacerte pasar un momento feliz. Te vamos a dar varias sorpresas. Me has dicho que te da vergüenza: nunca te ha gustado ser protagonista. Yo me río y te digo que vas a estar muy guapo: ya te preparé la ropa. Estoy deseando que tengas tu libro entre las manos. Te hago alguna broma para distraerte. Pero, pierdes la mirada, entre la ventana y los recuerdos. No, cariño. No me has fallado.