Y ella, ¿qué?

Ella denunció. Ella tuvo que sostener su denuncia. Tuvo que revivir una y otra vez el episodio. Ella ha tenido que defender la credibilidad de unos hechos que aún siguen bajo sospecha. Ella, con sus apenas dieciocho años.

Casi un año después, con un año más, sigue siendo demasiado joven para encajar el despliegue mediático que han suscitado sus «abusadores» según sentencia judicial. Demasiado joven para asumir por qué ellos pueden estar en libertad, hacer fiestas e, incluso, sonreír. Ella es demasiado joven para entender porque a ella se le cuestionó durante el juicio que retomara su vida normal, la de una jovencita que no ha llegado a los veinte años. Se le cuestionó ir a fiestas con sus amigos. Usar camisetas con frases «impropias». Se le cuestionó haber bebido alcohol. Se le cuestionó haber besado al chico que le había gustado. Ella es demasiado joven para comprender porqué, ese chico que le había gustado, la ofrendó, cual trofeo de caza, al resto de su manada.

Esa chica era, en ese momento, demasiado joven para intuir la perversión humana.

Y ahora me la imagino evitando ver las caras y sonrisas de los condenados que, gracias a esa persecución mediática, se van convirtiendo en sutiles victimas de la ira pública, que se revuelve al ver a uno de los condenados pedir que les dejen hacer una vida normal. A sus familiares diciendo que los dejen en paz, que son unos buenos chicos. A sus vecinos divididos, entre la furia y la complacencia. Me pregunto qué siente cuando ve a una joven, casi de su misma edad, decir ante un micrófono, que ella se lo ha buscado.

Puedo imaginar su dolor de estómago al ver a las novias, parejas, mujeres, defendiendo a sus machos condenados, culpabilizando a la víctima, porque, claro, ellos son bien machos. Tan machos que hasta se pueden reproducir estando en la cárcel.

Ella sigue siendo demasiado joven para entenderlo. Ella es todas las ellas que son demasiado jóvenes. Nosotras, todas las mujeres, lo seguimos siendo como para comprender por qué la ley continua haciéndonos responsables de cuidarnos de los malos.

Me pregunto qué pasará si uno, o todos los condenados de la manada puesta en libertad provisional, bajo  argumentos tan nimios como el de que la pérdida del anonimato les impedirá reincidir en el delito, lo vuelven a hacer.

¿Sería, entonces, condenada como culpable la víctima por haberse dejado «abusar» de alguien tan conocido, tan poco anónimo?

.

libre

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