La partida

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a Mr. Dick…

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Aquella noche celebraban una década de reunirse todos los jueves.

Siempre lo hacían en casa de Lola, la única soltera del grupo. Eran cinco amigas. Tres de ellas: Merce, Silvia y Rosa, llevaban tanto tiempo casadas que ya se habían olvidado de contar los años. En el caso de Ana, ésta sumaba tres matrimonios y no tenía muy claro que el último fuera el definitivo.

Hicieron juntas la universidad, así que continuaron viéndose, ya no para salir de juerga, sino para jugar a las cartas o ver películas. Casi siempre, para evocar tiempos mejores. En todo caso, se reunían para librarse durante algunas horas de sus respectivas rutinas.

Tras un par de copas de vino, se iban relajando mientras la anfitriona las ponía al día de sus aventuras nocturnas. Incluso, alguna vez, Merce, una de las casadas, les confesó un desliz. «Nada de importancia», concluyó.  Por otro lado, Ana,  la más canalla de todas, intervenía describiendo al detalle las «habilidades» de sus compañeros de trabajo. Tenía tres, en total.

Fue durante el último año cuando Lola introdujo un nuevo entretenimiento al grupo. Todas lo aceptaron sin titubear pues encontraron el juego de lo más divertido. Tan solo había que cumplir dos reglas básicas: nunca se podría convertir en realidad ni jamás se podría revelar la identidad de las participantes. La segunda regla se estableció por precaución. Por lo demás, todo les estaba permitido con tal de ganar la partida semanal.

Se trataba de lo siguiente. Primero tendrían que apuntarse a una web de contactos. En concreto, la de aventurillas.com. El siguiente paso sería ligar con aquellos que se confesaran bien casados pero aburridos. En general, era el tipo de hombre más dispuesto a participar. El juego consistía en seducirlos a través de las palabras, hasta que, una vez entregados por completo a su amante virtual, no tuvieran ningún reparo en prodigarse enviando imágenes de sí mismos al objeto de su deseo electrónico.

Valían todo tipo de propuestas. Vestidos o desnudos. Eróticos o pornográficos; en su casa, en su cama, en la calle o en la oficina. En las más variadas e imposibles posturas que fueran capaces de imaginar. «Tampoco es que imaginen mucho», apuntó Ana.

Pero ahí estaban ellos, mostrando con orgullo la firmeza de sus atributos. Enseñando pecho, lengua  y trasero.  En calzoncillos o a medio vestir. En el baño de un bar o en el asiento de su propio coche. Descartaban de inmediato a los que, henchidos de emoción, mostraban la cara. «¡Juego peligroso!», cantaba Silvia. En cambio, se apreciaba en particular a los que enviaban vídeos como constancia de sus homenajes a Onán y a su amante imaginaria.

Con el fin de motivar a sus contactos, ellas también podían enviar sus propias imágenes , las que causaban momentos de bastante hilaridad entre ellas por aquello de la celulitis, la cintura perdida, la lencería, las arrugas o las posturitas. Así, muertas de risa,  conseguían relajar un ambiente muy cargado de tensión, lógico en cualquier tipo de competición.

Una vez revisados en detalle los resultados semanales, ganaba la que conseguía el mensaje más escabroso. Antes de volver a sus casas, borraban cualquier vestigio de sus archivos. Luego, se abrazaban y besaban a modo de despedida, con el siguiente reto en mente.

Las cinco amigas esperaban con impaciencia el siguiente reencuentro. Cada una iba llegando con el móvil en la mano, bien cargado de batería, y de las irrefutables pruebas conseguidas a lo largo de la semana.

Hasta aquella fatídica noche, la última, en la que una de ellas señaló una peculiar marca sobre la cadera de un cuerpo desnudo que mostraba, directamente a cámara y sin el menor pudor, un hermoso pene erecto del que colgaba un mensaje: «Mis dos cabezas solo piensan en ti. Hoy se han despertado haciéndote el amor.». Lo firmaba «Oz», la última conquista de Ana.

Rosa no tuvo ni un ápice de duda. Se trataba del mismo lunar que había besado y relamido por la mañana de ese mismo jueves.

Fue durante el jugueteo previo hasta terminar montada sobre aquel erguido, y descarado, pene. El de su marido…

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wasa

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Píxeles

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Pues ahí estaba yo: rellenando el perfil, que más que perfil, parecía una ficha policial.

¿Altura? Pues 1,64 m. ¿Edad? Bueno, un par de años menos, ¡qué más da!: 42. ¿Color de pelo? Bueno, ahora lo tengo castaño, pero tengo ganas de un cambio: pelirroja.

¿Tatuajes? Un error de juventud: sí. ¿Aficiones? ¡Uf! Si digo que me gusta hacer ganchillo, pensarán que soy una antigua. Y si digo que me gustan las motos… Nada, lo normal: cine, lectura y pasear. ¿Quieres tener más hijos? ¡Pero si no tengo ni uno! Y si digo que sí, saldrán huyendo: No, no quiero.

¿Apariencia? ¿Esbelta, delgada, atlética, unos kilos de más? ¡Pero si todas tenemos unos kilos de más!

¿Te consideras muy atractiva, agradable de ver, solo atractiva, normalita?… ¿Qué significará “agradable de ver”?

¿Qué tipo de hombre quieres? Marca las casillas que se correspondan con tu búsqueda… ¡Pues puesta a pedir!: “Alto, atractivo, universitario, buena posición económica, sin cargas familiares, simpático, buen humor, inteligente, cariñoso, sincero, romántico, culto, con pelo, ojos claros, sonrisa agradable, que sea fiel y con disposición al compromiso”.

Tampoco es que pida mucho. Pues bien, ya está: perfil aprobado y activado. Allá voy… (seguir leyendo…)

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Publicado en “Los Relatos de Estío” del periódico Cuarto Poder.

Noche de brujas

Al despertar, estiró los brazos con la esperanza de que la sangre le volviera a la cabeza. Fue cuando sintió un bulto extraño a su lado. Palpó y cerró los ojos de golpe:

― ¡Por favor, qué sea una mujer!, rogó en silencio.

Hizo un esfuerzo por reconstruir los hechos de la última noche. Recordó a Juan, su mejor amigo, insistiéndole para ir de copas. No le valió decir que no, ni que se sintiera resfriado. Incluso, «con algunas décimas de fiebre», le aseguró.

Fue su primera salida, tras un complicado y desagradable divorcio que le había dejado tres cosas: un profundo desprecio hacia la traidora de Manuela, su ya exmujer legalmente; viviendo de alquilado en los suburbios, y con la cuenta de banco a cero.

¡Como para tener ganas de salir por ahí a conocer a otras pérfidas!, se repitió durante un año, a modo de excusa. Hasta  aquel sábado.

Sobre el cuarto gin tonic, recordaba haberse encontrado en el baño con Ricardo, un viejo colega, que le extendió un billete enrollado: ―Toma un poco de esto, que la noche es larga.

Eufórico, volvió a la barra y pidió la quinta copa, mientras otro de sus amigos les advertía: ― ¡Mirad el aquelarre de brujas que acaba de entrar por la puerta! …

Hasta ese momento, sus recuerdos eran claros. Luego, su consciencia hizo black out.

Volvió a implorar que aquello que parecía dormir a su lado fuera una mujer. Temía el peor de los finales. Se palpó el cuerpo: estaba desnudo y, al parecer, había hecho uso de su desnudez. Paseó la mano sobre la sábana compartida. Tocó una cabeza con el pelo muy corto y unas curvas que, por un instante, le hicieron evocar su vida de casado los domingos por la mañana.

Lo que fuera, estaba de espaldas a él. Respiró hondo y se atrevió a abrir los ojos mientras se incorporaba suavemente para no alertar a su acompañante, en un intento por ver su cara. Pegó un bote de muerte, que le llevó hasta el otro lado de la habitación, con un solo  y desesperado  movimiento.

Aterrado, gritó como nunca lo había hecho:

― ¡Diossssssssssss santo!… ¡¿Pero qué he hecho?!…  ¡No puede ser!… ¡Joder, joder, joder…!

Manuela, la bruja de su exmujer, se despertó sobresaltada…

Sexo

“No es tu boca  -tu boca
que es igual que tu sexo-,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo en que bebo…”
(No es nada de tu cuerpo, Jaime Sabines)

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A mí me gusta la palabra «Sexo».

Sexus en latín y que, en su origen, según Plinio, se utilizaba para referirse al sexo femenino e incluso, llamar a la mujer.

Me gusta como palabra porque contiene una «X» que, gráficamente, es una conjunción: el cruce de dos líneas que producen un infinito fonema. Porque comienza con una afirmación: «Se». Porque, aunque le amputes la última letra, no se queda coja.

Empezó a gustarme cuando descubrí que no se podía poner encima de la mesa de la casa de mi abuela paterna. Una palabra prohibida era lo que yo necesitaba para reivindicar mi adolescencia.

Tampoco se podía sacar a pasear con el chico que te gustaba, a riesgo de que te elevara a la condición de «chica mala». (Lo que tampoco estaba mal, según descubrí al paso del tiempo.)

Me gusta porque es una palabra que incomoda a los correctos. Una palabra roja. Una palabra indecorosa. Una palabra apátrida. Contestataria. Rebelde. Atea.

Sexo es una palabra sin sexo. No es masculina ni femenina: es de todos. No tiene edad ni raza ni condición social. No depende del «Señor Mercado», tan en boca de todos, últimamente.

La palabra sexo es víctima de si misma. Habita en la cabeza de todos a modo de una pobre cenicienta del léxico. Pocos poetas se han atrevido a utilizarla tal cual. Prefieren las metáforas, como si sus cuatro letras desnudas mancillaran los versos.

Aunque no es separatista, se le  utiliza para separar al hombre y la mujer. Por ejemplo, en los papeles a rellenar. También suele separar a quién haya cometido el pecado de buscarla más allá de las fronteras establecidas en los continentes de dos.

En general, se la encuentra parapetada en el área de servicio de la cabeza de los seres pensantes. Aunque nos gustaría utilizarla más que pensarla, muchas veces la negamos, cual viles Judas.

Otras tantas, juramos por ella en vano. A veces nos traiciona. La mayoría, la traicionamos a ella.

No obstante, es la primera en acudir al llamado de una mirada, de una caricia, de un beso, de una primavera, de una revolución, de una mano solitaria, de un corazón enamorado, de un recuerdo, de las ganas de sentir.

Sí, hoy día del español, reivindico la palabra sexo. Me gusta.

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Edad(es)

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― ¿Cómo vas de novios?

― ¡Uy, fatal! El mercado no anda bien. Más bien escaso.

― Pues yo estoy harta, querida. Todos los hombres que se me acercan sólo buscan eso…

― ¿Eso?

― Sí… eso… ya sabes… lo único en lo que piensan… en sexo…

― ¡Abuela!… ¡Por dios!

― ¡Es que es así, hija! Qué le voy a hacer… Quién me iba a contar a mí, que a esta edad tendría más jaleo que cuando tenía la tuya y era una buena moza… Pero es que estos hombres mayores, van a lo suyo y punto. No se andan con rodeos ni medias tintas… ¡Y ellas, ni te cuento!… Menos mal que tu abuelo ya no está, qué si no, tendría que andarle espantando a todas esas viejas glotonas…

Sin salir de su asombro y tratando de evitar la imagen de su abuela en una escena pasional, la nieta la miró con preocupación, aunque, según el médico, la cabeza y el cuerpo le iban estupendos para sus setenta y nueve años. Bebió un poco de té.

― Pues ya me gustaría un poco de lo tuyo, abuela… Al contrario que a ti, yo sólo encuentro hombres que desean tranquilidad. Me agradecen que los escuche y no les presione, sea lo que eso signifique. Estresados por el trabajo o por una ex mujer que les quitó la casa y no les deja en paz. Con hijos adolescentes que adolecen tanto como ellos. Hombres interesantes, pero cómodamente instalados en su piso de soltero en el que apenas cabes unas cuantas horas.  Cultos, listos, guapos. Preocupados por el dinero y por su futuro. Son tan simpáticos como temerosos.  Deportistas, sanos, que se cuidan el cuerpo y la piel…  Y, de vez en cuando, se acuerdan de “eso”…

― ¿Del sexo?… ¡Ay, hija!… Pues no veas aquí en la residencia… Te digo yo que la tercera edad está para la fiesta…  De haberlo sabido, llego antes… Como no tenemos nada que perder, sino todo por ganar… Créeme, te aseguro que al llegar a mi edad, echarás de menos esas tardes de plácidas charlas…

La abuela rompió a reír a carcajadas, ante el desconcierto de su joven nieta.

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(Re)ajustes IV

Hoy me he levantado con un monumental estado de mal humor. No creo recordar tal ánimo desde hace muchos meses. Refunfuñando,  me tomé un vaso de zumo y me fui a pasear a los perros. El frescor matinal, el ruido del campo y mi silencio, me ayudaron a ubicar mi malestar. La culpa, absurda, es tuya.

¿Por qué has venido a mitad de la madrugada y te has metido entre mis sábanas? ¿Para qué me has besado? No, no tenías porque abrazarme ni ceñirme a tu piel de esa manera tan tuya. Demasiado injusto que subleves mi sexo y seduzcas a la ausencia. Es muy cruel, querido, que enredes mis labios a la espalda de tu fantasma para que, en el momento menos lícito, me despiertes, de golpe, al lado de tu insoportable almohada vacía.

Es verano. Por la ventana, se cuela el contento ajeno. Muy a mi pesar, caigo en cuenta de que tu partida no sólo es un asunto de papeles, o de serenar los recuerdos. No es una simple cuestión de trámites, ni siquiera de agotar las lágrimas.

Se trata de un cuerpo, el mío, que hoy se despertó con la mala noticia de que, para estos juegos, tampoco estás…

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