Sobre la cama de Marilyn Monroe*

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Foto El Paísº

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Scream
You began and ended in air
but where was the middle?
(Marilyn Monroe)

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Hay algo en esta fotografía que me inquieta.

No es el cuerpo bocabajo de la que sigue siendo el mito erótico más venerado desde el siglo pasado. Tampoco es lo estrecho de sus hombros que aparecen tan frágiles como su propia vida. No es el pelo corto, revuelto, casi con cierto aroma a sucio. Ni es esa pequeña mácula en su espalda derrotada.

El dedo acusador sobre el arma mortal en primer plano, pasa a un tercero. Mis ojos escudriñan la mesita de noche: desordenada, llena de papeles y botes de pastillas arrinconando a una pequeña lámpara, tan asustada como fuera de lugar. Debajo de ella, poco discreto, un bote de basura. Quizá para vaciar las pesadillas de sus monstruos.

Sin duda, se asemeja a la mesilla de cualquiera de nosotros. La sensación de vida sobre esas tres patas de madera contrasta con la falta de ella sobre la cama.

Ya caigo: es la cama la que me incomoda. No es la que yo esperaba para Marilyn Monroe. Apenas un colchón cubierto con sábanas de algodón que imagino blancas, con dos almohadas tan normales como las que uso cada noche, sobre un bajo colchón tan corriente como el que hay, ahora mismo, en mi propia habitación.

Sin cabecero ni oropeles, la  simpleza de la cama golpea en la cara. No se advierten lacas exóticas ni finos hilos de oro enalteciendo la divinidad de la diosa. No hay coquetería femenina ni pretensión alguna. Imagino su cabeza recargada en la pared, leyendo algún texto o escribiendo cuatro versos. No es difícil palpar su almohada mojada de noches solitarias: ella, que tan sólo quiso ser amada como una simple mortal.

No veo nada más: es una cama tan desnuda como su propio cuerpo. Una cama tan común como la mía.

(* Entrada publicada el 7 de febrero de 2011.)

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Garganta profunda*

(*Con este cuento inician los Relatos del Estío en el  Blog del Verano del periódico Cuarto Poder)

 

− Hola, mi nombre es Rosario, vivo sola y ronco como una posesa.

Se lo dije así, de corridito. El hombre me miró incrédulo. Pasmado, sin decir nada, esbozó una sonrisa y se quedó al pie de la mesa, sin acertar a retirar la mano con la que me invitaba a bailar. De haberse tratado de una película, aquella hubiese resultado una de las más patéticas −y célebres− escenas de la cinematografía mundial.

− No, no se ría usted. ¿Qué lo de roncar es cosa de hombres? ¡Mentira! Un mito tan falso como el de asegurar que es la mujer la seducida. Los ronquidos, en mi caso, son una maldición. La peor. Verá, le cuento…  (Seguir leyendo)