Reajustes V

El caso es que llevaba unos días rara. Quizá fue el espejismo de tu cuerpo que se me apareció la otra tarde en la mesa «tu mesa» del bar de abajo. Será, también, que ayer me ha venido la regla. Un mes más, inútil, ha llegado.

Y se me han juntado las hormonas con esta impertinente soledad. Se han aliado las ganas de gritar con las de llorar. Sin moverme, comienzo a correr y no llego a ninguna carretera. Cierro los ojos y no te veo. Tampoco cuando los abro. Me duelen las entrañas. Me tomo la pastilla. Otra vez, estoy echándote de menos.

Periodo, así se llama. Periodo menstrual que recapitula la naturaleza femenina. Una naturaleza que ha perdido tu sentido, pero que me recuerda este indeseable y maldito periodo sin ti.

Debería haber compresas para contener la ausencia…

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Suplemento Babelia (El País, 21/08/10)

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REPORTAJE: LIBROS

Mecanismos de relojería

A. R. F 21/08/2010

La buena salud y popularidad de que sigue gozando el microrrelato puede apreciarse enPor favor, sea breve 2 (Páginas de Espuma), una antología en la que Clara Obligado reúne unas 150 muestras ordenadas de mayor a menor extensión y firmadas por escritores veteranos (Tomeo, Millás, Merino, L. M. Díez), por otros más jóvenes que han demostrado pisar sobre seguro en este terreno (Iwasaki, Berti, Hipólito Navarro, Julia Otxoa) o bien por unos cuantos menos conocidos y cuyos textos no desmerecen en calidad. Las últimas piezas, casi todas humorísticas, recuerdan las greguerías ramonianas o los anaglifos y otros juegos de lenguaje, y en general son una gozada.

El humor también recorre algunos de los Cuentos chinos (Trama Editorial), de Alejandra Díaz-Ortiz, con registros que van de lo macabro-truculento al absurdo cotidiano, la ironía o el cinismo. Así, los titulados ‘Globalización’, ‘(Re)flexiones’, ‘Bodas de plata’, ‘No, no, no nos moverán…’ (Texto: “Y nos movieron”).

La máquina de languidecer (Páginas de Espuma), de Ángel Olgoso, es un soberbio y versátil libro de microrrelatos fantásticos, algunos de los cuales le dan la vuelta a episodios mítico-legendarios (la última cena, el retorno de Ulises), nos revelan cosas sobre “el otro Borges” o Kafka; homenajean a Poe; trabajan con elementos de corte apocalíptico o narran regresos al pasado; revelan el envés de la costumbre, lo anodino y la rutina; o nos instalan en el ámbito de lo fantástico-puro. En ellos, lo perturbador se acentúa porque todo sucede en el arriesgado territorio de la mente: ese padre que contempla al hijo recién nacido, el marido al que los ojos de su esposa le parecen dos canicas monstruosas, el niño que sueña experimentos en el laboratorio escolar o las siniestras consecuencias de un impulsivo apretón de manos: “La suya -un objeto mustio y de tacto desagradable- apenas latía cuando, de regreso, casi al anochecer, corrí a guardarla en la fresquera”.

Y aunque no pertenezca estrictamente al género algunos de sus rasgos reverberan en El libro de las caídas (Sexto Piso), donde Andrés Barba trata del terror a dejarse y verse morir. Ilustrado con la bella y poderosa elocuencia de los dibujos de Pablo Angulo, el libro nos acerca paso a paso hasta ese vértigo -el no, el vacío, el desmoronamiento, la inmovilidad final- en las treinta primeras secuencias o micronarraciones poéticas que tienen su anverso en la segunda parte, que es exploración de ese lugar lleno de quietud y a la vez de tormenta.

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Cuatro meses

Otra vez, el 16 se presenta, insolente e implacable. Cada mes cuenta con un día dieciséis que me recuerda, con sutil crueldad, que nunca más nosotros.

Apenas se ha serenado la ausencia. No han dejado de doler las fotos y el silencio de la música. Los amigos y el verano.  El armario sigue cerrado. Las paredes, aunque las pinté de otro color, siguen oliendo a tu sonrisa. Aún no soy capaz de leer el final del libro que dejaste a medias. Pero ya lo haré, no te preocupes, en voz alta. Quizá el próximo dieciséis…

¿Cómo se muere dónde estás? Porque aquí, no se vive bien…

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Lo malo, en viernes

Cuando alguien muere por causas naturales (enfermedad, vejez, tristeza…) pensamos que es “ley de vida” y parece que en esa idea, nuestra pena queda confortada.

Como la Sra. Victoria, una vecina del pueblo, que fue alguacila durante muchos años. Menuda y amable, su vida fue muy dura, muy rural, muy poco feliz, pero ella siempre tenía una sonrisa para el que quisiera tomarla.

Murió su marido y se le fue la cabeza. Nadie quiso hacerse cargo de su situación y los servicios sociales se la llevaron a una residencia. De vez en cuando, yo preguntaba por ella. La última vez que la vi, me pidió que le marcara un número de teléfono: sabía leer pero ya no veía aquellos deslavados garabatos.

Ayer me enteré que falleció. Una mala noticia, pero me alegré por ella.

Pero, ¿Qué pasa cuando el que se va decidió quitarse de en medio una tarde cualquiera, después de tomar café en el bar con sus amigos? ¿Cómo se le llama a eso? ¿En dónde se puede paliar el dolor de tal absurdo?

Nunca habría imaginado recibir esa clase de noticia sobre él. Era un caballero encantador, muy educado y simpático. Reconocido empresario local y buen padre de familia, había llegado a ese punto de la vida en el que ya se puede vivir en paz sin hipotecas inmobiliarias, familiares o emocionales. Pero, decidió alejarse andando por el puente, hasta convertirse en un suceso.

La última vez que le vi, fue en el tanatorio, cuando me fue a dar consuelo a la sinrazón de tu partida. Aquella triste mañana de sábado, me abrazó y me dijo, paternal: “Alejandra, la vida sigue. Tienes que ser fuerte. No te sientas sola, aquí estamos y te vamos a cuidar entre todos…”

¿Qué fue lo que quebró tu fortaleza, querido Vicente? ¿Por qué has dejado a los tuyos sin respuestas? ¿Por qué no encontraste tú, una mejor?

También, ayer viernes por la tarde, me enteré de su inexplicable despedida. Me dolió por él, por su familia, por su gente, por Juan Carlos, nuestro “pelo pincho”…

Y pienso en ti, mi Carlos. Pienso en que todo lo malo me pasa en viernes. Pero, me consuelo pensando en que te estás rodeando de buenas personas.

Mientras, aquí, nos vamos quedando solos con más preguntas que respuestas…

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(Re)ajustes IV

Hoy me he levantado con un monumental estado de mal humor. No creo recordar tal ánimo desde hace muchos meses. Refunfuñando,  me tomé un vaso de zumo y me fui a pasear a los perros. El frescor matinal, el ruido del campo y mi silencio, me ayudaron a ubicar mi malestar. La culpa, absurda, es tuya.

¿Por qué has venido a mitad de la madrugada y te has metido entre mis sábanas? ¿Para qué me has besado? No, no tenías porque abrazarme ni ceñirme a tu piel de esa manera tan tuya. Demasiado injusto que subleves mi sexo y seduzcas a la ausencia. Es muy cruel, querido, que enredes mis labios a la espalda de tu fantasma para que, en el momento menos lícito, me despiertes, de golpe, al lado de tu insoportable almohada vacía.

Es verano. Por la ventana, se cuela el contento ajeno. Muy a mi pesar, caigo en cuenta de que tu partida no sólo es un asunto de papeles, o de serenar los recuerdos. No es una simple cuestión de trámites, ni siquiera de agotar las lágrimas.

Se trata de un cuerpo, el mío, que hoy se despertó con la mala noticia de que, para estos juegos, tampoco estás…

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