Per/juro (*Bolero)

A quien honor merece…

 

 

Confieso que no me lo esperaba.

Tanto juramentar que nunca otra vez.

Pero ahí estaba, mirándome al otro lado de la vida,

Aquel desconocido verso traidor.

 

¡Lo juro! Cerré los ojos.

Invoqué a todos los dioses del averno.

Apreté los labios hasta hacerme sangre. Blasfemé.

Más, con alevosía, mis ganas consiguieron escapar.

 

Con su permiso, ya volveré.

Lo prometo.

                          (Cuando deje de caer…)

.

 

«Cuando ya no queda más que ese momento
en que comienza a repetirse el argumento,
apareces de repente, con el cuento
de que no hay historias… sólo sentimientos
y me invades con palabras como besos…»

22 de febrero

.

Hoy tengo tres cosas que recordar.

La primera, siguiendo la propuesta de Alberto Granados, es sobre D. Antonio Machado. Setenta y cuatro años ya desde que marchó.

En segundo lugar, y desde las entrañas, es recordarte a ti,  Carlos. Cariño, hoy tendríamos que estar aquí, juntos, celebrando tus sesenta años. No se me ocurre mejor regalo que éstos versos de D. Antonio.

La tercera, extraña coincidencia, es que hoy, también, es el cumpleaños de mi madre, gran admiradora de Machado y de Carlos.

Para ella, para la hermosa Margarita, que sigue aquí, tan viva y tan cercana. Siempre abrazando mis   malos momentos…

Los ojos

I

Cuando murió su amada

pensó en hacerse viejo

en la mansión cerrada,

solo, con su memoria y el espejo

donde ella se miraba un claro día.

Como el oro en el arca del avaro,

pensó que guardaría

todo un ayer en el espejo claro.

Ya el tiempo para él no correría.

II

Más pasado el primer aniversario,

¿Cómo eran – preguntó -, pardos o negros,

sus ojos? ¿glaucos?…¿grises?

¿Cómo eran ¡Santo Dios! que no recuerdo?

III

Salió a la calle un día

de primavera, y paseó en silencio

su doble luto, el corazón cerrado…

De una ventana en el sombrío hueco

vio unos ojos brillar. Bajó los suyos,

y siguió su camino…¡Cómo esos!

.

mamá...
Mi hermosa madre…
Carlos...
Carlos, mi compañero de batallas…

Aviso

«Tan lejos de la piedad, como la queja –
tan frío a la palabra -como la piedra -…»
(Emily Dickinson)

 

.

Me voy a fumar todo el tabaco que encuentre en el estanco. Me beberé toda la ginebra que me escondan.

Insomnes serán todos mis sueños. No volveré a probar bocado alguno.

Me alejaré del agua, del mar y de tus versos.

Luego, si me queda tiempo, me olvidaré de ti.

.

____

Del libro Pizca de sal, Trama editorial.

Amor al primer verso

º

La primera vez que Laila descubrió un post it pegado en la puerta de su casa, pensó que se trataba de una equivocación. Con una letra de armonioso trazo, alguien había escrito con tinta roja:

Saber que existes es saberme vivo

Al día siguiente del primer hallazgo, al volver del trabajo, encontró un nuevo papelito engomado. Esta vez decía:
º
Son tus pasos el latido necesario: vida

Instintivamente, Laila miró a su alrededor. El pasillo de la tercera planta donde vivía estaba vacío. Apenas algún ruido doméstico rompía el silencio de un edificio habitado, básicamente, por personas solas.
En el tercer día, un nuevo mensaje la esperaba. Mientras abría la puerta, lo leyó:
º
En tus ojos, el mar

Esta vez no miró alrededor. Sonrió.
Durante diez días más, Laila llegaba ansiosa hasta la puerta de su casa, deseando encontrar un nuevo tesoro. Uno a uno, fue depositando cada post it en una cajita que tenía al lado del teléfono.
Un jueves por la mañana despertó valiente y decidió averiguar quién era el autor de aquellos versos que la hacían tan feliz. Cogió el taco de papel amarillo que se había robado de la oficina y escribió, con tinta roja, también:
º
«Misterioso Poeta, intrigada me tiene con sus hermosos versos que me han robado el corazón. Es este aliento anhelante lo que me hace imperioso el saber quién es usted y descubrir, así, la razón por la que me hace usted merecedora de tan inesperadas notas. Su más ferviente admiradora, Laila».

Al salir de casa, dejó pegado el post it.
En cuanto concluyó su jornada laboral, salió rápidamente hacia su casa, excitada, esperando encontrar al hombre amado. Subió corriendo las escaleras, de dos en dos.
Sofocada, desde el rellano lo vio: ¡ahí estaba!, el papelito amarillo, con una respuesta, pegado a su puerta. Lo despegó con cuidado, como temiendo borrar lo ahí escrito con la punta de sus dedos pero sin atreverse a leerlo. Entró en su casa, tiró el bolso y las llaves y se fue a sentar en el sofá: sentía que las piernas le flaqueaban. Suspiró y, entonces, comenzó a leer:
º
«Querida Laila, aunque no dudo de que sea usted la más hermosa flor de este desértico paraíso, mucho me temo que la he convertido en presa involuntaria de un error, creyendo -¡oh, tonto de mí!- que Miguelito vivía en el 3º C. Ruego a usted, hermoso ángel, tomar nota de mis más sinceras disculpas. Afectuosamente suyo, Álvaro Rivera».
º
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N. de A.- Este cuento está publicado en el libro “Cuentos chinos” (Trama editorial).  El día de hoy ha sido “colgado” en el blog “Un cuento al día”.  Al leerlo de nuevo, me ha apetecido autocopiarme del blog de Carlos G. Barba
º

Ajuste de cuentas (X)

Aquí estoy, en Llanes, con tu ausencia. Me ha dado por imaginar que en cada ola que se acerca a mojarme los pies, viene tu abrazo a secar la rabia. Es esta tristura que sigue sin querer entender, que ya no hay más tú y yo.

Te hemos dejado donde querías: en el punto exacto. El sitio del que tanto me hablabas y en el que me tejiste más de cuatro sueños. Aquí te quedas. Un denso polvo gris, volando contra el viento, luchando por diluirse en tu mar, extrañamente detenido, por un instante.

Luego, lluvia. (Aunque hay quién asegura qué eran lágrimas).

Bastó un momento para que tu urna quedara vacía. ¿Cuánto tiempo hará falta para vaciar este lamentable, y lamentoso, corazón?

Aquí se acaba nuestro ajuste de cuentas. A partir de ahora, la vida, mi vida, se tiene que re-escribir. No tengo respuestas aún para el ¿cómo?, ¿dónde?, ¿qué? … Supongo que será  el tiempo el que me ayude entender el sentido de tanto absurdo.

Mañana vuelvo a casa. Por favor, no me sigas…

Pd.- Me quedo tus versos.