Cocido madrileño

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Mientras yo trataba de ahogar las carcajadas con una cucharada de sopa, provocadas por la enésima tontería que acababa de presumir el novio de mi hermana,  va éste y me suelta:

−  No te rías, colega. Como me ves, te verás… Algún día TÚ también serás un cuñado…

Aún recuerdo como recalcó el «tú», con el índice extendido, mirándome a los ojos. Utilizó un tono similar al de las mujeres del ramito de romero cuando rechazas que te lean la mano.

Un intenso escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Mi mano temblorosa tuvo que soltar la cuchara, agriándome el relleno y los garbanzos con los que mi abuela inauguraba el otoño familiar.

Al caer la noche, con el estómago revuelto, afectado aún por aquella maldición, me juré en silencio que mi próxima novia sería hija única, huérfana a ser posible.

No me pregunten cómo terminé casado con Soledad, la cuarta de ocho hermanos…

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cocido

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