Misantropía 4.0

 .

Te subes al vagón. Compartes trayecto con veinte, treinta extraños, atrapados en la red.

Pasas por el bar a tomar café. Miras a un lado y a otro: seis personas abducidas por el móvil, incluído el camarero.

En la sala de espera están ocupados todos los asientos. Desde un rincón, cuentas veinte pacientes abstraídos en su íntimo mundo virtual. Sus  apellidos, uno a uno, son reclamados por una pantalla. No los conoces ni los vas a conocer. En todo caso, tu única certeza es que les duele algo. Igual que a ti.

De regreso, te paras a hacer la compra. Vas esquivando a un montón de semejantes ajenos a ti. En la caja, una mujer te da unas desgastadas buenas tardes. Parece tener un nombre propio: lo lleva impreso en una chapa sujeta al pecho. Agradeces ese sútil toque de humanidad. Le devuelves el saludo.

Vuelves a casa. En tu edificio hay veinticuatro puertas que resguardan historias que no te afectan. Solo conoces al portero. En realidad, solo sabes que dice llamarse Ángel porque un día te envió un mensaje para avisarte de la llegada de un paquete. De su vida, ni remota idea.

Colocas las viandas. Cuando llevas el jabón al baño, te chocas en el espejo con una mirada baldía que te observa inquieta.

Se te ocurre que sería una buena idea colgarte una chapa como la de la cajera…

 .

chapa-ovejas

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