Sin Motivo

Se llamaba Motivo. Al menos eso fue lo que me dijo cuando hablamos por primera vez. Supongo que su nombre debería haberme sorprendido, pero ya me habían desconcertado tantas cosas de ella, que su apelativo solo confirmó lo que ya intuía.

La descubrí desde la ventana de mi nueva casa. El emplazamiento me permitía observar todo el bulevar, a diestro y siniestro. Dos pisos más abajo, a la puerta del centro de metadona, frente a mi particular atalaya, estaba el banco de forja desde el que Motivo solía verme a mí. Justa reciprocidad…. (seguir leyendo... )

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