Lecturas

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De mi padre heredé la «maldita» costumbre de leer dos, tres o hasta cinco libros al mismo tiempo. Todo depende del momento y, sobre todo, del estado de ánimo para tal o cual lectura.

Casi siempre, el libro de la mesita de noche no tiene nada que ver con el de la mesa del estudio o el de la hora del sofá. Sí, todos y cada uno están dispersos por toda la casa. Incluido el baño, faltaba más.

El caso es que, sin proponérmelo, en este último mes, se me han juntado tres libros preciosos, y precisos. Dos de ellos están escritos por dos amigos. Dos amigos a los que nunca he mirado a los ojos y con los que, sin embargo, mantengo una relación constante a través de mensajes y correos.

No obstante, en el caso de Luis Cremades, es como si lo conociera de toda la vida. Nuestro amado Carlos hizo que yo quisiera a Luis. A través de sus anécdotas y del profundo cariñoMaquetaci—n 1 que le tenía, me fui dibujando una imagen de él. Más tarde, Luis y yo descubrimos otros amigos en común, lo que me hizo refrendar ese especial cariño por alguien a quien nunca he tocado. Es por esa razón que, al comenzar a leer El invitado amargo, que escribió a la limón con Vicente Molina Foix, me asaltó un extraño pudor. Algo delicadamente duro. Que me invitara a sentarme en un rincón de su habitación en el colegio mayor o a acompañarle en la construcción de sus versos, me ha traído, inevitable, un montón de recuerdos. Según avanzo en la lectura, cobra sentido el comentario que me hizo su autor cuando le dije que ya tenía el libro entre mis manos: «A ver si se deja…». Se está dejando, Luis, se está dejando…

Y, cuando no se deja, paro.

 

Entonces, me voy en busca de Los Hemingway, una familia singular, de otro singular amigo: John Hemingway. Y he aquí, que aunque tampoco he tocado ni mirado nunca de frente al nieto del Nobel, me encuentro con la puerta abierta para entrar hasta la cocina de su pasado. Pero, sobre todo, para entrar a la vida de mi amigo y conocerle hasta los sueños. En su libro, John narra la extraña relación de su padre, Greg, con su abuelo, Ernest, todos del mismo apellido. Con una buena estructura narrativa, se va descubriendo una vida muy dura a pesar de que su protagonista la intenta suavizar. Sus entrelíneas lo delatan. Lo cierto es que, según avanzo en la historia, me entran unas inmensas ganas de querer abrazarlo de verdad. (También ha provocado mi deseo de releer a su abuelo, pero desde una nueva perspectiva: la que John propone).hemingwaylibrojohn

Entre sus páginas, me subo con él al montón de autobuses en los que se veía obligado a cruzar, una y otra vez, su país. Me mudo tantas veces como él con su madre y sus hermanos. Me permito amar a Greg, su padre, con la misma fuerza con que intuyo que, a veces, lo llegó a odiar. Y, una vez más, aparece el pudor de quien se sienta, testigo mudo, en el muelle de Miami, participando de su ilusión al reparar su primer barco. O de quien está detrás de la ventana, sintiéndole reflexionar sobre la vida, mientras leo las cartas de su abuelo y su montón de números. ¿Quién iba a imaginar que su abuelo era un experto financiero?

John apareció en mi vida −o yo aparecí en la suya− a través de la red que tejió otro amigo, también virtual: Miguel Cobo Rosa y su Riografía. Recuerdo que fue a partir de un video de Chris Isaak: Wicked Game.
Y, como si de un juego nada perverso se tratara, con el tiempo, esa amistad virtual se ha consolidado. No solo eso: en un acto de auténtica generosidad, John me ha obsequiado un puñado de hermosas palabras para acompañar mi nuevo libro, No hay tres sin dos.

Pero, a veces, también tengo que parar con su libro. Y paro.

¿Para qué?… Para seguir con la intensa vida de George Sand…

sand

 

 

¿Me estaré volviendo vouyer?

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