Los hijos de la revolución*

Ernesto Che Guevara (1928-1967) y Fidel Castro (1926-...)
Ernesto Che Guevara (1928-1967) y Fidel Castro (1926-…)

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Aquella tarde se encontraron a tomar café el alma errante del comandante Che Guevara y el terrenal Fidel Castro. Hablaron de la crisis mundial, de los extraños cambios que estaba trayendo el nuevo siglo: ¡Hasta un negrito dirigiendo el imperio del capitalismo!, dijo uno de ellos. «Si Marx viviera»… −respondió el otro−. Y se echaron a reír como en los viejos tiempos.

    Pidieron otro café. Se preguntaron por sus vidas. El Che, puro en boca, le contó que la lucha de clases continuaba hasta en el infierno. Le confió que a los verdaderos revolucionarios los mandaban al cielo a modo de tortura. Fidel se estremeció, se imaginó sentado eternamente frente a San Pedro en un debate dialéctico acerca de las llaves del poder.

    La conversación transcurría en tono afable. Hablaron de mujeres «Tema zanjado para mí, compay» ― aseguró Fidel, a lo que el camarada Guevara respondió: «Pues, comandante, por mis rumbos hay muchas  compañeras entregadas a la causa…» – y sonrió pícaro dejando la frase sin concluir.

    El camarero dejó dos copas de ron. Fidel dio un giro radical a la conversación:

−¿Qué sabes de tus hijos?

−Pues poca cosa, camarada: Que ninguno siguió mis pasos por Sierra Maestra… Creo que ya soy abuelo…

−Es verdad, de tus siete hijos…

−¿Y de los tuyos, qué hay?

−Bueno, compay, esos me salieron de su padre y de su madre… Desde la que se fue para Miami a hablar pestes de mí y de la revolución, hasta el que recién han pillado enamorado de un tío por internet…

−¡No me jodas, compadre! ¿De verdad?,  le interrumpió el Che, divertido

−Pues sí, como te lo estoy contando: se enganchó a eso del internet y durante ocho meses estuvo de romance con una tal Claudia que resultó ser un Claudio cabrón… ¡el muy pendejo!…

Tras las risotadas, cayó un silencio sobre la mesa, que rompió el comandante Castro:

−¿Qué hicimos mal, Ernesto? ¿Por qué entregamos la vida para que nuestra gente viviera mejor y fallamos con los nuestros?

−Lo pienso a veces, camarada… No crea usted que no lo pienso. Fuimos capaces de hacer la revolución más importante del siglo XX. Hemos luchado por el bienestar de los hijos de nuestros pueblos. Hemos educado revolucionarios por todo el mundo. Guerrilleros que no dudaron en entregar sus vidas por los demás… Pero no fuimos capaces de educar a nuestros propios hijos… Cambiamos la vida de miles de personas y no fuimos capaces de cambiar el futuro de nuestras familias… Llevamos ilusión a miles de rincones mientras en nuestras casas se cenaba tristeza y miedo…

−La revolución conlleva sacrificios…

−Es cierto comandante, pero, ya ve, yo morí solo, en la sierra, sin saber a ciencia cierta cómo eran mis hijos, casi sin apenas haber hablado con ellos… ¿Y tú? ¿Morirás solo, con la espina clavada de una hija a la qué no volverás a abrazar, sabiendo que parte de su odio hacia ti es tu responsabilidad?… ¿En nombre de la revolución?…

El camarero se acercó a rellenar las copas, pero en esa mesa no se volvió a escuchar palabra alguna.

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* Del libro Pizca de sal, Trama editorial, 2012.

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