De cuando bailé con Pancho Villa

«Mientras toca un grupo a lo lejos,
imagina que a tus pies está el cantante…»
(Arando al aire, Jaime López)

º

Todo comenzó sobre las once de la mañana. Apenas una hora después de haber aterrizado en Durango, México.

Habíamos aceptado hacer ese concierto con muchas dudas. Cuando nos llamaron los hermanos Dorador, lo primero que me dijo Jaime fue: «¿Durango?… ¡Pero si nadie va pa´llá!»

Bajamos a la cafetería del céntrico hotel Casablanca, donde nos hospedaron.

Dábamos buena cuenta del desayuno típico: caldillo duranguense, cerveza y café, cuando de repente comenzó a sonar un piano. El sonido era viejo, casi rancio. De sus teclas salía el tema de la película que daba nombre al hotel.

No, no era Sam el que tocaba.

Era un hombre sin edad precisa, con un pequeño bigote encima del labio superior. Y con ese gesto tan de los pianistas de bar: melancólico, harto y resignado. Eso sí, de traje y corbata, impecable, a pesar de que, ni había llegado el mediodía ni era la hora de las copas. Era como un espectro: fuera de lugar y tiempo.

Jaime y yo nos miramos, sorprendidos. Guardamos silencio por respeto a nuestro particular Sam. Y porque éramos los únicos en el restaurante.

Entonces, justo al otro lado, algo llamó nuestra atención. A través del ventanal de la cafetería, mitad inferior opaco, mitad superior clarísimo, vimos la cabeza de una jirafa. Luego la trompa de un elefante. Apareció y desapareció un enano dando piruetas en el aire.

Se asomaron los payasos…

Jaime cogió mi mano. La apretó con fuerza, mientras me llevaba hacia la habitación.

«Chinita, lo que no pase en Durango no podrá pasar en ningún otro lugar», me dijo, y me dejé alucinar…

No fue nada extraño que la historia terminara siendo canción. Y que yo terminara bailando con Pancho Villa y bebiendo tequilas con su nieta.

Tras cuatro años juntos. Dos discos bajo mi producción. Muchas giras y conciertos; un par de video clips, algunas canciones y varias despedidas,  Jaime y yo nos reencontramos hace muy poquito, no en Durango, si no en el Acueducto de Segovia… Y, por supuesto, seguimos alucinando…

Pero, esa ya es otra historia…

º

Pasen, pasen y vean a Pancho Villa bailando con servidora… 

*Por cierto, la señora que aparece en el bar, es una de las nietas del mismísimo general… ¡Ah! Y las piernas, mías…

Biznaga de Neón era mi empresa…  Sí, nostalgia pura y dura…

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4 comentarios en “De cuando bailé con Pancho Villa

  1. Lo bueno de saber hacer lo que uno hace es esto, que tus memorias resultan tan buenas como tus ficciones. A pesar de lo,mucho que me gusta la música de tu tierra -y la literatura- no conocía ni a Jaime ni la canción, así es que he disfrutado a lo grande.

    Un abrazo.

  2. juan carlos

    No sabia yo esta faceta tuya Alejandra,. La cancion muy bonita. Me ha recordado una hermosísima canción de Bob Dylan que es para quitarse el sombreo, esta se tira un aire a esa

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