Plaza Mayor

º

A la vuelta del trabajo, paré en la plaza. Eché un vistazo y me decidí por un manojo de caricias frescas que prometían un buen estofado al cuerpo.

Nada más llegar a casa, di buena cuenta de ellas. Sin más aderezo que mi extraviada hambre, bien habituada a los placebos.

Un par de horas después, mi proveedor de caricias −Ricki, creo que dijo− me dio las buenas noches, antes de cerrar la puerta tras de si.

 

 

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