Tarjeta de embarque

A pesar del tiempo, podía recordar cada detalle de aquella habitación. En su memoria, el azul de la acuarela colgada cerca de la ventana con cortinas grises. Sobre la mesilla, dos vasos con restos de güisqui.

Lo hicieron tres veces. Dos por la noche y una al despertar. Durante el desayuno, evitaron hablar de lo que ya sabían: él se regresaba a su país a media tarde. Lo más probable sería que nunca se volvieran a encontrar. Al menos no, como en la tarde anterior. Por culpa de un paquete de tabaco.

Tras su marcha, se dedicó a preservar en la memoria aquel azar. Una y otra vez, fue buscando en las historias que le siguieron, al único hombre que le dejó probar que, el amor que idealizaba, sí existía. Menos que eso, no aceptaba. Así pues, solo se fijaba en los altos, morenos, de pelo negro rizado. Con pómulos definidos y hoyuelos en la sonrisa. Con la mirada dulce de unos ojos marrones. Pero, en los diez años que pasaron desde aquel cuarto de hotel, ninguno tuvo la suerte de coincidir, ni en el momento, ni con su deseo.

― ¿Julia?

Escuchó su voz. Ahí estaba él, detrás de ella, esperando su turno en la puerta de embarque. Sin atreverse a girar la cabeza, evocó en un instante el azul del cuadro, el gris de las cortinas, el verde de la colcha. Las sábanas hechas nudos, la ropa por el suelo. A su olfato vino el olor que mezclaron sus cuerpos. Repasó el montón de cartas que le envió de tarde en tarde. Rescribió las que él nunca le mandó.

De golpe, despertó del montón de noches arrepentidas por no haber tenido las agallas, hasta ese preciso momento, con el billete en la mano, para ir a buscar al amor de su vida. A su amor eterno. Tampoco él se lo pidió.

Buscó y rebuscó en su memoria, en los detalles e, incluso, en sus fantasías. Pero no fue capaz. No consiguió recordar su nombre.

Sin mirar atrás, fingiendo no haberle oído, subió al avión…

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2 comentarios en “Tarjeta de embarque

  1. Hizo bien en subir. No solo habría olvidado su nombre, sino que su pelo ya no sería negro, ni rizado, ni tampoco tan alto, encorvado ya por el peso del tiempo…”Tú no eres quien yo espero…” (sonaba de fondo en el aeropuerto) . Y de repetirse, no habría sido lo mismo.

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