Veraneantes

Como todos los mediodías, nos vamos acercando a la terraza del Chiringuito, el sitio más agradable de nuestro pueblo. Somos un grupo de vecinos que, al paso de los veranos y los largos inviernos, disfrutamos de nuestras mutuas compañías, hablando de temas varios. Bien de literatura, por la parte que me toca. Bien de asuntos médicos, por lo que respecta a Nacho. O de enseñanza y bibliotecas con Nieves, su mujer.

También está Mariano, feliz jubilado del mundo de la cosmética femenina. Como te hayas dado un tinte, él es capaz de decirte –a ojo de experto- el número del color  y cuánto tiempo te los has dejado.

No nos hace falta acordar citas. Poco a poco, Chema, Esperanza, la otra Nieves (con la que nos ponemos al día en política), Chus… etc… van creciendo la mesa. Luego, claro, las rondas se vuelven interminables. Eso, y que Rashid, el simpático dueño del negocio, lo tiene muy claro: no hace falta pedirle nada. Él va apareciendo en la mesa con lo que bebe cada uno y con interminables platos de aperitivos.

Por alguna razón que no recuerdo, ayer  el tema giró en torno a los visitantes veraniegos. En su mayoría capitalinos, dada la cercanía que tenemos con Madrid. Cierto es que, de todos los que nos juntamos, ninguno nacimos aquí. Hemos ido llegando por una u otra circunstancia. Los hay con más de media vida por estos lares y otros que apenas contamos unos pocos años de residencia pero, eso sí, todos muy bien integrados a la vida del pueblo.

Uno a uno, fuimos opinando sobre ciertas actitudes, poco respetuosas, que tienen algunos veraneantes. Por ejemplo, se acercan a comprar el pan y dejan el coche en mitad de la calle, bloqueando el paso al resto de vehículos. Y ni se inmutan. O, se paran a mitad de la estrecha carretera que lleva al bosque, para tomar fotos o vaya usted a saber a qué, y les da igual que tú tengas que salirte por el arcén.

Eso sin hablar de los que consideran que, como están en el pueblo, sus perros son libres de hacer sus necesidades en tu portal y no hace falta recogerlo. Ya se sabe, las cositas se reciclan. Yo tengo un perro al que adoro, y que es medio asilvestrado y feliz, pero sabe muy bien dónde debe hacer lo suyo, por mucho campo que haya dispuesto.

¡Ah! Y las prisas… Menudas prisas tienen nuestros veraneantes para todo: para el pan, para la carnicería, para el bar, para el médico… Por eso, nuestra farmacéutica, Esperanza,  está deseando que termine el verano.  Sus ocasionales clientes no entienden que, si sus recetas no vienen bien elaboradas, ella no puede surtir. Eso, o no cobra ni un duro, que para eso, el sistema gusta mucho de anularlas, teniendo ella que asumir el gasto.

Estábamos tratando de recordar aquel viejo libro, “El manual de Carreño” y lamentando la palpable pérdida de urbanidad y respeto al vecino, cuando una escena nos dejó sin habla:

En la mesa de al lado, cinco mujeres y dos niños. Por su apariencia y vestimenta, quedaba claro que era una familia de “posibles” y que estaban de visita por el pueblo.  Tenían una mesa dispuesta para comer. De pronto, dos de las mujeres se levantan con la niña, de unos tres añitos, y la llevan cinco pasos más allá de su mesa. La que supongo su madre, la pone en cuclillas y espera a que la niña defeque. Una vez que la cría ha terminado, la otra, la que supongo la tía, le va acercando a la madre un sinfín de toallitas húmedas de la mejor marca del mercado para que limpie el culito de la pequeña.

A estas alturas, nosotros, incrédulos, mirábamos como las otras seguían comiendo. La niña salió corriendo, limpita y alegre, mientras las otras dos, madre y, la que supongo tía, recogían los “restos” y los metían cuidadosamente en una bolsa de papel de Massimo Dutti. Luego, la más joven entró al bar y le entregó la bolsa al camarero para que la llevara a la basura.

¡Ni siquiera se tomaron la molestia de acercarla al contenedor que queda justo detrás de la terraza!

Pensaran ustedes, queridos lectores, que el Chiringuito no tiene baño. Pues sí que tiene: dos y muy limpios. Dirán: “es que quedan lejos y la niña no llegaba”. Pues no, están muy cerquita de la terraza. Vamos, habrían terminado antes de haber dado los mismos cinco pasos pero al fondo a la izquierda, que es donde se deben hacer estas cosas.

Y yo digo: los niños hacen lo que ven. Esa niña, de escasos tres añitos, ya aprendió que tiene permiso para hacer lo que le dé la gana dónde le venga en gana.

Ayer entendí lo de los ciento veintisiete mil kilos de basura en Cuatro Vientos. Ell@s están acostumbrados a que los otros recojamos su mierda…

Por supuesto, ellas siguieron comiendo, ajenas a nuestra indignación…

º

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6 comentarios en “Veraneantes

  1. Carlos

    Maniqueísmo. Vivo en Alicante, soy de Madrid y pasó los meses de agosto en La Losa, buena parte de mi familia es de este precioso pueblo. Me considero algo “veraneante” y tengo educación. No se puede generalizar, por Dios. Podría escribir una antología sobre actitudes vergonzosas de vecinos del pueblo de toda la vida. No caigamos en el paletismo, por favor.

      1. Carlos

        Hola Alejandra, gracias por responder. Sí, es cierto lo que dices. Pero el título da lugar a lo que te he comentado. Imagina que, tras un atentado de la Eta, yo titulo un post “Vascos” en el que condeno a los terroristas. Aunque luego dijera que los asesinos son una minoría de ellos, el título sería desafortunado. Por lo demás, estoy de acuerdo contigo en que la actitud de esa gente es deplorable y haces bien en denunciarlo por aquí. Un saludo.

  2. Mario

    Jajaja, no me digas que esto pasó en la terraza del chiringuito y como en la película de Borat, le da su bolsita al dueño de la casa para que haga lo que crea conveniente. Pero esto no es una cosa de veraneantes o de gente del pueblo. Esto es algo de poco coco

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