Tres amigas y una rusa

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Aprender de la rusa

 

Por Ana San Romualdo*

 

Estos días he estado quedando mucho con una rusa. Mejor dicho, estos días he estado quedando mucho con ‘la’ rusa, porque Irina es la única rusa que ha pisado este pueblo en los últimos 70 años, desde que, cuentan, algún ruso que hizo la guerra para intentar defender la República o para llevarse el oro a Moscú se dejó caer, seguramente despistado, por estas tierras.

El caso es que Irina, una chica monísima, jovencísima, majísima… y rubísima, faltaría más, apareció en el pueblo hace un par de semanas, una buena mañana de agosto, salida nunca se supo muy bien de dónde y armada con una sonrisa arrolladora y unos nulos conocimientos del castellano.

Mi madre, que es una santa, ya lo dice todo el mundo en el pueblo, anda que no le aguantó a mi padre hasta que tuvo a bien pasar a mejor vida, no pudo soportar la idea de que la pobre muchacha, sola en el mundo, no tuviese ni dónde pasar la noche, con el sitio que hay en casa, y si fueras tú, hija, la que estuviera perdida en otro país… Total, que la adoptamos.

Desde entonces paseo a la rusa por las calles del pueblo; yo por la sombra, para evitar el sol que a ella, se ve que por lo del frío que habrá pasado en Rusia, le encanta. Los chicos nos persiguen, las chicas nos esquivan… Y en medio del calor sin tregua, yo estoy aprendiendo ruso…

 

Narcisismo secundario

 

Por Maribel Gil-Sanz**

 

Estos días he estado quedando mucho con una rusa. Sin embargo, no la conozco. No me refiero a conocerla en profundidad, no. Quiero decir que tampoco conozco su superficie. Quedo con ella, sí, pero no se presenta a ninguna de las citas. Cada vez me pone una disculpa diferente: todas tan originales que me niego a dejar de quedar. He descubierto, con sus plantones, mi vocación de escritor. Sus excusas alimentan mis relatos.

Andaba perdido, con la única preocupación de ligar un poco al salir de la oficina. Ahora sé a lo que quiero dedicar esa energía que desperdiciaba entre mujeres que no me importaban nada en realidad.

Creo que la rusa ha comprendido lo que quiero de ella y me sigue el juego.

Temo que me plante definitivamente o que empiece a presentarse a las citas y sus pretextos dejen de ser mi fuente de inspiración.

¿Y ella? ¿Tendrá deseos de convertir esos imaginarios encuentros en realidad? Mi única esperanza es que sea tan fea que no quiera dejarse ver o que esté utilizando mis variadas formas de perdonar sus plantones para escribir algún tratado de psicología.

 

Puenting

 

Por Alejandra Díaz-Ortiz

 

Estos días he estado quedando mucho con una rusa. No suele ser muy puntual cuando acordamos una cita, pero siempre llega, aunque sea temprano.

Algunas veces le gusta dar largos paseos por el campo. Asegura que el aire fresco y el olor de la tierra la relajan. A mí no es que me encante lo de andar pero, si ella lo pide, ¿quién soy yo para negarme?

En otra ocasión, llegó muy entusiasmada con la idea de tirarnos de un puente. Claro que, asustada, me negué en rotundo. Ella me explicó que a esa experiencia se le llamaba puenting. Me aseguró que contaba con muchas medidas de seguridad homologadas por no sé cuántos ministerios. En algún sitio había leído que la descarga de adrenalina era atómica. Al final, me convenció de hacerlo cuando me juró que era una inigualable terapia de choque para recolocar la autoestima a su nivel más óptimo.

Y no se equivocó: desde entonces, no quepo en mí.

Es verdad que sus visitas me producen una inmensa y desconocida felicidad. Su costumbre es aparecer sin avisar, por lo que casi siempre me sorprende. Hábil, me conmueve con sus locuras y, a veces, también se ríe de mí. (Y no conmigo, que sería lo suyo.)

Desde que empecé a quedar con ella, mi rutina está vuelta de cabeza. Es como una niña malcriada: nunca pide permiso para cantar, para bailar, para irse… Igual se mete a la cama conmigo toda la noche que se queda como ausente en un rincón, ignorándome, perversa. Al rato está de lo más dicharachera y al siguiente está más triste que una plañidera.

Más, os voy a confesar, y no lo repitáis, os lo suplico, es que comienza a visitarme la fatiga con tantas idas y venidas. No, no me juzguéis mal: no soy una malagradecida. Para ella, sólo albergo infinita gratitud en el corazón y la plena disposición de mi cuerpo para satisfacer todos, y cada uno, de sus caprichos. Pero, si al menos observase un horario o la cortesía de advertirme sus visitas, yo podría complacerla de mejor ánimo.

Sí, señor, lo sé. Vos me los advertisteis: así son las ru… ¡Ay, de mi torpeza! Habrá de disculpadme, gentil lector. ¿Cómo he podido cometer tamaña errata? Seguro que fue ella, jugándome otra de las suyas… Quise decir musa… ¡M-u-s-a!

(Qué no es lo mismo pero bien podría ser igual.)

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* Ana San Romualdo, periodista.

**Maribel Gilsanz, escritora.

Ambas, segovianas.

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2 comentarios en “Tres amigas y una rusa

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