Birlibirloque

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Nació en año bisiesto, lo que ya per se lo hacía especial. Sus padres le convencieron de que él sólo podría cumplir años cuando el calendario marcara la fecha de su nacimiento: 29 de febrero. Así que, mientras sus amigos sumaban cuatro décadas, él apenas celebraba su décimo cumpleaños.

Le llamaron Bienvenido, motivo de más de cuatro disgustos escolares. Sus padres le aseguraron que lo bautizaron con tal santo por la felicidad que les produjo su llegada. La verdad es que fue el señor cura, faltó de inspiración, que, tras mirar el cartel de la puerta del bar, decidió llamarlo así.

A los ocho años, el oftalmólogo le incrustó unas feas y pesadas gafas, con la intención de corregir la bizquera que le hacía tropezar con cuanto objeto se le ponía por delante. Una vez más, sus padres le engañaron. Le juraron que así se veía más guapo y algo mayor. El creyó creerles.

En la adolescencia se sintió bisexual. Igual de fuerte era el amor que sentía por Rosita, su compañera de banca, que por Perico, el portero del equipo de fútbol. Fue el nuevo cura el que le convenció de que sentir todo eso, era el mayor de los pecados. «Con rezar quince padres nuestros y un baño helado cada noche, se te quitarán los malos pensamientos», le recetó.

En el patio del instituto aprendió a fumar con un cigarrillo bisonte. Esta vez, fue él quien se descubrió engañando a sus padres. Y le gustó.

Se graduó de bibliotecario. Al poco tiempo, raposeando al secretario, se hizo jefe de la Biblioteca Provincial, a la que iba cada mañana ―y salía cada tarde―  con la bicicleta en la mano. Nunca consiguió mantener el equilibrio.

Una tarde tuvo que llamar la atención a dos mujeres que bisbiseaban en un rincón de la sala de lectura. Una se llamaba Bibiana. Con ella se casó. Pero, se enamoró de la otra. Así que, mintiendo un poco a cada una, se hizo con las dos.

Entrados los cincuenta, tuvo que pasar una temporada en el pabellón de psiquiatría del Hospital Central, diagnosticado de un severo trastorno bipolar. No le resultó difícil aparentar delante del médico, de la enfermera y hasta del celador. Volvió a casa cargado de pastillas.

Sus mujeres le abandonaron al poco de llegar. Las dos, cada una en su casa, le reclamaron su mal carácter. «Un mal bicho te has vuelto», dijo una. «Es bilis lo que te corre por las venas», le dijo la otra. De ninguna de las dos volvió a tener razón.

Lo cierto es que, no estaban equivocadas. El tratamiento para mantenerlo cuerdo, le estaba carcomiendo las entrañas. La biopsia no mintió.

Por eso, desde entonces, Bienvenido se pasa los días puliendo el exquisito arte del birlibirloque que tan bien aprendió de sus mayores. A la vida ya la tiene engañada. A la muerte, no la dejará llegar. No, al menos, hasta cumplir la mayoría de edad.

No en vano había nacido bisiesto…

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2 comentarios en “Birlibirloque

  1. Demasiado rápido, demasiado escueto, por un momento pensaba disfrutar de algo similar a cien años de soledad, pero han sido cinco minutos de esbozos. Y es que en mi opinion no es lo mismo un corto que un cortado.

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