De árboles y recuerdos

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Cuando un amigo se va
Se queda un árbol caído…

(Facundo Cabral)

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La muerte nunca es una buena noticia. Pero, cuando se trata de una muerte con nombre y apellidos conocidos, impacta. Si, además, es alguien con quien se vivió alguna parte de nuestra vida, duele.

Más lo peor, si hay algo peor que la muerte misma, es la forma en que llama a la puerta. Facundo Cabral no merecía morir acribillado en mitad de la nada. Ni él ni las miles de víctimas que caen día a día en esas tierras de nadie, donde, como alguna vez escribió José Alfredo Jiménez: “La vida no vale nada”.

A principios de los noventa, en el recién remodelado Auditorio Nacional de la Ciudad de México, se anunció un concierto de Facundo Cabral promovido por la empresa Showtime, para la cual yo trabajaba en la producción de “Proyectos Especiales”.

Mi jefe, Darío de León, el promotor de los proyectos culturales en la empresa de moda y que se encargaba, básicamente, de artistas como Rocío Dúrcal, Luis Miguel, Camilo Sesto, Juan Gabriel, etc., decidió que yo me hiciera cargo de esa área por las “peculiaridades” de los artistas del “otro tipo”. Eso incluía la atención a Serrat y Doña  Amalia Rodríguez en el concierto de la Primera Cumbre Iberoamericana; una gira con Alicia Alonso y el Ballet Nacional de Cuba por todo el país; a Pablo Milanés… y al cantautor argentino.

No dejó de extrañarme que insistieran en hacerlo en ese recinto. Demasiado grande (casi diez mil butacas) para un concierto en domingo a las seis de la tarde, con un artista muy conocido en México, pero en un sitio muy complicado de llenar. Más me extrañó que me dieran carta libre para el presupuesto de un evento que, de antemano, arrojaba perdidas. Ingenua que era una.

La mañana de un mes después de promoción,  estaba en la puerta del avión para recoger al artista. Así conocí a un hombre encantador, simpático, seductor y muy inteligente, que llegaba con un severo problema en los ojos, por lo que jamás pude ver de qué color los tenía. Siempre, entre él y yo, sus gafas negras.

Para hospedarle, escogí el Hotel Imperial de la avenida Reforma. Le gustó tanto el sitio que ya no quiso salir de ahí hasta el mismo día del concierto. Casi todas las entrevistas se hicieron en ese exquisito lugar que, según presumen sus directivos, es una réplica del hotel María Cristina de San Sebastián. Yo diría que sí…

Llegó la tarde del concierto. El público, tal como esperaba, fue muy escaso pero entusiasta. Creo recordar que el concierto duró casi tres horas. Una ovación de pie le despidió. Entre bambalinas, celebrábamos que ese domingo nos iríamos pronto a casa (lo normal, en día de concierto, era terminar de madrugada). Se hizo el silencio, las luces de la sala  se fueron encendiendo. Y, entonces,  nos sorprendió escuchar a Don Facundo Cabral:

“Querido público, afuera hay un puesto donde pueden comprar mis libros y mis discos. Luego, el amable personal de éste hermoso teatro,  les traerá hasta mi camerino para que yo se los firme…”

Los técnicos, el personal de seguridad, los trabajadores del Auditorio, mis compañeros de producción, y yo misma nos quedamos mudos: ¡la cola sumaba quinientas personas! Iban entrando, uno a una, a saludar al artista que se interesaba por la familia, los hijos, el trabajo, los amigos, etc… Les firmaba, les dibujaba, les besaba…

Y nosotros, esperando a que terminara lo inesperado. Sobra decir que yo llegué a casa más allá de la madrugada. Que el presupuesto se elevó en demasía por el pago de horas extras del personal. Y que el autor agotó todas las existencias que llevaba de su obra.

Horas largas más tarde, cuando por fin se fue el último peregrino, la encargada del recinto, que no podía irse hasta que el artista hiciera lo propio, le soltó, al despedirse – disco firmado en mano: “Señor, desde ahorita, con todo mi cariño y respeto, le voy a llamar Fecundo Cab… n”. Él se echó a reír y le respondió: “Lo siento, querida, pero vos no sos la primera,”…

Dos días después le dejé de nuevo en el Aeropuerto. Antes del obligado beso de despedida y las promesas del reencuentro, me encargó que, en su nombre, ofreciera sus disculpas a todos los que aquella noche tuvimos que esperar. “Es que vengo tan poco, querida. Y la gente, mi gente, está tan necesitada de cariño”…

Luego, me regaló un libro y un disco. A modo de dedicatoria, había dibujado un árbol…

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7 comentarios en “De árboles y recuerdos

  1. Es atroz tener que dejar aquí algo en forma de palabra. Algunas veces, las palabras no bastan. Otras sobran. En ocasiones, no sirven. No puedo añadir nada a lo que has escrito aquí con la maestría y el sentimiento que te caracterizan. Desde luego, no palabras. Te mando un abrazo, pero no la palabra abrazo, sino lo que encierra. La conmiseración, el apoyo, el afán de confortar. La indignación compartida. El vacío compartido. La tristeza compartida. Sigue siendo poco, muy poco.

      1. Enváinomela y le pongo una vela en mi personal altar de mitos a don José Alfredo, grande entre los grandes.

        Lo que no te perdono, mala mujer, es que no hayas asomado por mi incursión el la web de Muñoz Molina, algo que me ha puesto el ego como para mandarme flores.

        AG

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