Mamografía

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El sábado comí con Ana. Nos encontramos en la terraza del Mano a Mano, en Lavapiés, dispuestas a dar buena cuenta de un arroz ciego y unas exquisitas bolsitas tailandesas, especialidad de la cocina de los Manolos. Mientras la bella Aurélie nos ofrecía sonrisas y un par de copas de vino, nosotras nos fuimos poniendo al día.

Llevábamos un par de meses sin vernos. En algún punto de la actualización, llegamos a un tema muy, pero muy, femenino. Y no, no eran los hombres ni los desamores. Ana mencionó la palabra «Mamografía». Y a mí, se me pusieron los pelos de punta.

Al llegar a cierta edad, es obligación, deber y responsabilidad de todas las mujeres hacernos una mamografía y una revisión ginecológica anual.

La verdad es que es de las cosas menos agradables del oficio de ser mujer. Desconozco quién fue el inventor del mamógrafo pero, puesta a reprochar, no dudaría en suponer que es obra de la perversa inteligencia de un misógino o, al menos, de un hombre al que las mujeres le estaban tratando muy mal en ese momento. Y esto, mis queridas congéneres, lo entenderán perfectamente.

El que tú tengas que ver como tus pechos son, literalmente, aplastados por dos planchas de cristal que los convierten en algo menos que un huevo estrellado, al que van retorciendo de izquierda a derecha, de arriba abajo y vuelta para atrás, mientras tú, de puntillas, tratas de evitar que tu violentado pecho no se separe de ti, cerrando los puños para no gritar del dolor que tal acto causa es, simplemente, algo verdaderamente avieso.

Qué hay que hacerla, sin duda. Es necesaria para prevenir o detectar cualquier anomalía a tiempo. O, en el más malo de los casos, para encontrar lo que ninguna mujer desea que encuentren en su cuerpo. Ya sea, bueno o malo.

Más, pasado tan penoso trámite, lo peor viene cuando la enfermera te indica, minutos después, tras pasar el primer ojo clínico: «Espere en la sala, le vamos a repetir la prueba. Parece que el médico ha visto algo».

O, como me sucedió a mí, la última vez. Mientras recuperaba el resuello tras la prueba de marras, salió la enfermera a la sala de espera, se me acercó con cara de circunstancia y me preguntó:

― ¿Hay antecedentes de cáncer en su familia?

No bien había terminado la frase, yo ya había entrado en estado de pánico. La miré aterrada, imaginando mis pechos carcomidos. ¡No, no hay!, respondí asustada. La enfermera, sin expresión alguna, se dio la media vuelta y desapareció, dejándome sumida en un agujero negro. Fueron mil demonios bailando con el miedo los que pasaron por mi cabeza en esos diez largos minutos hasta que la volví a ver. Desde la puerta, se dirigió a mí, muy profesionalmente, sin duda: «Ya se puede ir, todo está bien».

― ¡¿Cómo?! salté hasta ella… Pero si ha salido usted a… ¿Y lo del cáncer?… ¿El qué?, me contra-preguntó ella… Eso, la pregunta del cáncer en mi familia… ¡Ah, eso!… Tan sólo era para rellenar el formulario, me respondió mientras llamaba a la siguiente víctima de su falta de tacto.

Lejos de sentirme aliviada al saber que estaba limpia, lo que me sentí fue muy molesta, muy soliviantada, muy cabreada. Demasiado indignada con esa mujer vestida de blanco, a la que supongo harta de dramas ajenos, pero mujer al fin y al cabo, y que no fuese capaz de sentir que un momento así, con una pregunta tan fuera de tiempo ―no es lo mismo que te pregunten los antecedentes cancerígenos de tu familia antes de la prueba, que después― me hubiese hecho pasar los peores diez minutos de espera de mi vida.

En el caso de Ana, en una misma sesión, se la tuvieron que repetir hasta tres veces. Casi me puedo imaginar el dolor en su cuerpo. Lo que no puedo imaginar es lo que pasaba por su cabeza en esos momentos. A otra amiga, Tanita, le hicieron dos mamografías y otra con ecografía, «para estar seguros». Bueno, por no hablar de las punciones sin anestesia. Pero, ese, ya es otro tema.

Una vecina que apenas tiene nada al frente, tuvo que convertirse en la mujer goma para que algo de sus inmaduras mamas consiguiera quedar pillado en el mamógrafo. Tras cinco intentos, la enfermera le ordenó, poco simpática, que se vistiera y subiera a la sala de ecografía. «No hay manera de ver nada con usted. A ver si la eco saca algo». Mi vecina, que no quería que nadie le sacara nada, se sintió culpable de hacerles trabajar de más por culpa de su casi inexistente pecho.

Qué hay que hacerlo, de acuerdo. Qué el personal responsable de hacerlo podría hacernos sentir más cómodas, también es cierto. No pretendo con esto, generalizar ni afirmar que a todas las mujeres nos pasa lo mismo, o que todo el personal sea así. Lo que escribo es desde mi experiencia personal y el de algunas amigas, vecinas, conocidas: todas mujeres. No pedimos atención preferente ni besitos ni mimos ni un café… Pero, ¿qué tal un poco de tacto en un momento tan estresante; tan crudamente íntimo y tan singularmente femenino?

Por último, para que los hombres que lean esto se acerquen a lo que digo, imaginen que sus testículos son expuestos en esa máquina. Qué después de retorcerlos a discreción, mientras recuperan el aliento, a usted lo mandan a la sala, a la espera de que el médico analice los resultados.

Minutos después, un indolente enfermero con cara de aburrido, se le acerca para preguntarle:

― ¿Hay antecedentes de prostatitis en su familia? Parece que hay que repetirle la prueba… Espere aquí…

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12 comentarios en “Mamografía

  1. Vale, vale, el párrafo final de los hombres, sobraba. Pese a nuestra minúscula inteligencia y nuestra ínfima sensibilidad, creo que podemos darnos perfecta cuenta de lo que significa que te aplasten una mama, sin recurrir a retorcer testículos. Aunque evidentemente, no tengo experiencia ni de lo uno ni de lo otro.
    Lo que pasa es que las profesiones con el paso del tiempo van deshumanizando al individuo que las realiza y el que antes veía un pecho ahora ve un engorroso trabajo más que hay que ir haciendo para cumplir la jornada laboral. Quizá una rotación de estos trabajos seria conveniente y el que hoy hace mamografias mañana podría recomponer almorranas y pasado hacer limpiezas bucales, para que el tedio de lo rutinario no le haga naufragar la sensibilidad.

    1. Hola, Xarbet:

      Una vez, hablando del asunto con un médico amigo, me confesó que con una ecografía (menos agresiva, quizá) se pueden obtener los mismos resultados, pero como el aparato en cuestión había costado unos cuantos milloncejos, pues tenían que amortizarlo… Por eso, a veces, creo que el género masculino no es capaz de imaginar lo desagradable que resulta tal examen… De ahí, la inclusión del último párrafo.
      Bexitos.

  2. carlos m.corchado

    Hola Alejandra, me puedo poner en tu lugar por que yo he tenido dos ginecomastias – a uno que le gustan las mujeres, hasta en las enfermedades-.
    Te puedo decir que me dolía hasta el punto que entendí cuando a las mujeres les rozas el pecho y dicen que les duele, hasta entonces me habían parecido unas exageradas.
    Me hicieron dos mamografías y te puedo asegurar, que por el peso que tenía entonces mi talla era el de una mujer que lo tuviera pequeño, tirando a mediano. Pero en ningún momento me hicieron daño -algo si, claro- y por supuesto que me lo aplastaron. Pero he pasado muchas pruebas médicas y ni por asomo me parecieron ni las más molestas, ni las más dolorosa.
    El trato por parte del personal sanitario fue exquisito en dos diferentes hospitales de Madrid. Pero en todas partes cuecen habas. También en Bancos, Oficinas varias, Ayuntamiento, y creo que no son los organismos sino las personas.
    Y por cierto me preguntaron si tenía antecedentes de cáncer. Y con independecia de mis miedos, lo consideré lo que debían de hacer.

    Besos de tarde con lluvia

    1. Carlos, si no dudo que en la mayoría de los casos los tratos puedan ser exquisitos. Lo cierto es que debería ser en TODOS los casos.
      En cuanto a las preguntas, creo que lo explico bien en el post: no es lo mismo que te las hgana antes de, que después, cuando estás esperando a que salga tu número del bombo. Es generar una tensión gratuita e innecesaria.

      Bexos matutinos.

  3. José Ignacio Izquierdo

    Creeme Alejandra si te digo que te entiendo. En el último año y medio me han hecho cuatro colonoscopias y tres endoscopias; y en junio repito de ambas pruebas. Según el médico estoy como una rosa, pero yo creo que le ha cogido gustillo a eso de verme sufrir. Me temo que hay procedimientos más cómodos y menos humillantes, pero como bien dices, deben de costar una pasta gansa. Abrazos.

    1. ¡Uf! José Ignacio, no sabía que andabas en esa lides… O cambias de médico por su sospechosa inclinación sado o te quedas ahí y sacas al maso que llevas dentro… jejeje… Bexitos.

      Pd.- Espero que nos encontremos en la Feria de este año, aunque sea como amigos… jajaja…

  4. josefina

    A MI ME DIJERON QUE ESPERARA EN LA SALA… PASO UNA HORA….DOS….Y CUANDO ME LEVANTE HISTERICA PERDIDA A PREGUNTAR QUE COÑO PASABA, ME DICE LA TIA QUE ME VAYA, QUE YA TENIA QUE HABERME IDO, DE HECHO…EL CASO ES QUE A LA BUENA SEÑORA SE LE HABIA OLVIDADO DEIRME QUE TODA ESTABA BIEN, QUE PODIA IRME…LAMADREQUELAPARIOOOOOOOOOOO!!!!!!!

  5. Alejandra

    Hoy me hice una mamografía y te juro que si encontrara al desgraciado que inventó el mamógrafo le rompería la cara con el taco de mis zapatos… jajajajaja! Cuando le pregunto al médico que por qué no me hacen una ecografía mamaria solamente se limita a decirme que son exámenes distintos… ¿?. Buen Post. Saludos desde Chile

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