Why not?

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Ayer quedé a comer con dos queridas, guapas e inteligentes mujeres que, además, son mis amigas. Una es Maribel Gilsanz, admirable, y admirada, escritora segoviana, (re)enamorada de su simpático y talentoso marido, el artista plástico Amadeo Olmos. La otra es la pequeña Ana San Romualdo. La llamo pequeña porque sus ojos me producen una enorme ternura: miran curiosos, como buscando resolver algún misterio. Seguro que algo influidos por su profesión de periodista.

El día era estupendo. En la plaza mayor lucía un sol radiante, quizá demasiado cálido para mediados de abril en Segovia, pero que nos permitió sentarnos en la terraza de La Concepción a tomar el aperitivo. Tras ponernos al día de las vidas cotidianas, pasamos a hablar de psicólogos, corazón, vida, sueños, proyectos, miedos y frustraciones.

Ana estaba inquieta. Le duele la erupción que le ha salido en una mano. Yo también lo estoy: se aproxima el primer aniversario y los recuerdos me asaltan por las noches y se duermen a ratos durante el día, por lo que me duele mucho la espalda. Alguna de nosotras aseguró que se trataba de la astenia primaveral. Otra afirmó que nuestros males son sicosomáticos.

Lo cierto es que de tres amigas, dos estábamos necesitadas de quejarnos de lo que no entendemos y de las respuestas que no encontramos.

Maribel, conciliadora con el mundo en general y la vida en particular, nos habló de la necesidad de pensar en uno mismo y no en lo que creemos que los demás piensan o esperan de nosotros. Nos contó como Jung se provocaba ataques de epilepsia para no ir a la escuela. Con ello pensaba que así fastidiaba a sus padres por mandarlo a sitio tan horrible, hasta que se dio cuenta de que, en realidad, el daño se lo hacia a él mismo.

Le doy toda la razón: gastamos tanto tiempo en tratar de adivinar en qué pensarán (o harán) los demás que nos olvidamos de nosotros mismos. Así pues, les endosamos el poder a otros para manejar nuestras emociones. Resulta más cómodo eso que enfrentar el conflicto de raíz. Ana trajo a la mesa uno de mis Cuentos chinos: «Y yo tan tonto», asegurando que es «su cuento» y que el final no tiene precio: «Cuando te vayas, deja mi corazón en la mesilla». Mi ego se lo agradeció.

Luego,  alegó que sí, que vale, que ya lo sabe, pero que no lo puede evitar. Qué ahora mismo le gustaría saber qué piensa quién la tiene pensando inútilmente. Yo intervine: ¡Vaya!, por lo visto es más común de lo que yo imaginaba que te dejen colgando en el limbo.

Tan común, respondió Maribel, como creer que saberlo nos devolverá la tranquilidad. Para concluir su argumento, nos citó a un psicólogo amigo suyo: «Muchas veces creemos que los demás piensan, pero muchos ni piensan».

¡Ozú! Y tan cierto: la de veces que  concedemos virtudes a los demás porque damos por hecho que así debe ser. Y nada más lejos de la realidad. El que yo piense, no hace que los demás lo hagan. El que yo no haga daño, no evitará que me lo hagan a mí. Qué yo no tenga miedo, no impide que otro lo tenga y que yo no pueda entenderlo.

Ana, con un súbito, y discreto, ataque de ira, más que intervenir, irrumpió: ¡Pero!…  ¿Por qué tiene que ser así?

Serena, con una sonrisa casi maternal, Maribel nos miró a cada una y dijo:

― Why not?

Y nos fuimos a comer al Narizotas…

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9 comentarios en “Why not?

  1. carlos m. corchado

    Es curioso como prejuzgamos. Hasta que me han sacado de mi error he estado convencido, de que hablaban de hombres, cuando en ningún momento se ha mencionado a ninguno. Mi mente me ha jugado una de las suyas.

    besos de los que no comparto.

      1. No soy vidente. Si acaso imaginativo. Mira, supongo que los tíos, como personajes literarios, somos igual que en la realidad: muy planos, muy primarios, muy previsibles.
        En cambio, la mujer es siempre un territorio, humana y literariamente hablando, difícil, imprevisible, atrayente, misterioso, fascinante…
        Por eso, mi fijación con los personajes femeninos, de los que trato de aprender.

        AG

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