«Cuentos chinos»: El club de las canciones

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En el colofón de mi primer libro ―y que da título al tema del mes del club de las Canciones, gracias al perverso de Don Antton― concluyo, en la última frase que: «El amor es un cuento chino».

Curiosamente, en varias de las entrevistas que me hicieron durante la promoción en México, la pregunta constante fue: ¿Por qué el amor es un cuento chino?

Entonces yo, muy lista de mí, oronda ella, convencida de que daba con la respuesta más buscada a lo largo de la historia de la humanidad, como si del enigma  matemático jamás resuelto se tratara, respondía:

«El amor es algo que deseamos todos. Aún el peor de los indolentes necesita una mirada, un mimo, una caricia. Pero, se trata de que, el amor no siempre resulta ser lo que queremos, sino lo que encontramos.

Eso de “Te amaré hasta la muerte”, “No vivo sin tu amor”, “No soy nadie sin ti”, etc.: son puros cuentos chinos. Todos, y digo todos, hemos sobrevivido a un amor sin final feliz. Y lo podemos revestir con mil y una historias extraordinarias o el mejor de los dramas shakespirianos pero, raramente ―y no pierdo la esperanza―, el amor te sale bueno sí pretendes que te cueste poco. O nada.

Es como cuando vamos a una tienda de chinos y sabemos, a ciencia cierta, que la mercancía no es de óptima calidad para nuestros fines pero nos llevamos lo buscado con la esperanza de engañar al engañado.

La habilidad para cambiar el cuento es, precisamente, no equivocarnos al desear. Hay que saber buscar y entender que cada amor es incomparable y no por ello mejor o menos malo. Uno mismo se convierte en una persona diferente que ama de manera distinta a la pareja deseada, porque ella misma es otra persona.

No es lo mismo una plancha de diez euros de la tienda de los chinos en manos de un elefante emocional que en las delicadas manos de un experto en el arte de la arruga.»

Y mi teoría (y mi esperanza) la tengo más que demostrada en la pareja que forman Cristina y Frederic. No me es difícil imaginarlos en su amada isla, Menorca. Les leo las cosas que se dicen, que se escriben. Veo sus caras en su antaña juventud con los pequeños a cuestas y sigo viendo las mismas caras, maduras, con los hijos hechos, mirándose con el mismo amor. No creo que les haya resultado tarea fácil, pero lo cierto es que supieron qué desear y cómo cuidar lo encontrado.

Pero, claro, entonces no existían las tiendas del todo a cien…

Para este mes de abril, propongo una canción que me recuerda mucho la casa de mis padres. No porque ellos la escucharan, sino porque la vecina adolescente no paraba de inundar el patio común con su imitación, al más puro estilo karaoke prehistórico:

Canción: “No somos ni Romeo ni Julieta”

Intérprete: Karina

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Desde luego, el video y la letra son un gran cuento chino…

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7 comentarios en “«Cuentos chinos»: El club de las canciones

  1. Rauxa

    Antes de escuchar la canción, que todavía me sé de memoria (pertenece a mi discografía adolescente), he de reponerme de tus emotivas alusiones a mi familia. Como bien dices, no todo es camino trillado y siempre se mete alguna piedra en el zapato y debes descalzarte antes de seguir caminando, pero vale la pena, te lo aseguro.
    Estoy orgullosa de mis tres chicos y contenta de tener una cyber-amiga como tú.

  2. xarbet

    Me siento halagado, y no puedo decir que no me gusta, pese al evidente sonrojo. Yo te diría que “estamos en ello”, el amor no es una meta, sino un camino. Me guardaría mucho de cantar victoria porque el que lo hace deja de luchar. Gran día el que conocí a Cristina, que por cierto, no fue en un todo a cien, sino en un todo a mil. ¿Es el amor un cuento chino?. Pues por una vez discrepo, para mi ni es cuento ni es chino, sino real y universal, y como tal, a veces concreto, a veces disperso, pero siempre amor.

  3. La canción no es de mis favoritas pero leerte ha sido otra cosa y tengo la misma impresión que tú, que el amor de nuestra pareja menorquina, no suena a cuento chino. Ha sido bonito. Besos guapa.

  4. La canción me parece buena…. para el tema que tratamos.
    El post una maravilla, completado magníficamente por los comentarios de todos, pero especialmente por los de nuestros amigos de las islas.
    Besitos para todos y VIVA EL AMOR SIN CUENTOS CHINOS.

  5. Yo creo, y así lo cree la comunidad científica (falible, por supuesto, si no no sería ciencia), que el “amor” es el resultado de una combinación química a la que, tradicionalmente, por mero desconocimiento o por pura conveniencia, se ha venido trasvistiendo con ciertos ropinajes místicos. Como la lluvia caía de los cielos por arte y magia de Tlaloc para la civilización azteca, el “amor”, en la única religión verdaderamente universal, ha simbolizado y simboliza esas mariposillas revoloteando en el estómago (qué metáfora más bella). Hay gente que ve su vida muy sosa, como menos poética, ay, si ha de creer que las mariposas que revolotean en su estómago son solo chispazos, sustancias químicas que se enamoran y copulan entre sí (que como metáfora tampoco está nada mal, pienso yo). “Amor a primera vista”, “Romeo y Julieta”, “estábamos predestinados a estar juntos”… Es difícil erosionar tanta bobada fosilizada.

    Lo que sí existe es la atracción (“amor erótico”) y el cariño. Como decía el cachondo de Freud, el hombre, como todo animal, se mueve por instintos, entre los que destaca el instinto sexual, camuflado, oculto, por cuestiones varias, tras una cortina rojiza con forma de corazón. Así, cuando te “enamoras” de alguien, la pasión y la necesidad sexual prima en primera -y relativamente corta- instancia: la pareja de enamorados, como si de Romeo y Julieta se tratasen, no se separan ni a palos, luchan contra viento y marea por su relación; la intensa atracción física que sienten hacia sus respectivos nublan sus sentidos, todas las virtudes se idealizan hasta a un punto divino y los defectos, como por arte de magia, se transforman llegando a ser captados como virtudes. Esta etapa de “amor ciego” coincide con los primeros pasos de los tortolitos en cuestión y se estima que puede durar unos dos años (prorrogables). Con el paso del tiempo, precisamente, ese fuego y esa necesidad de unión física va menguando hasta trasladarse a un segundo o marginal plano. Es entonces cuando los enamorados se caen del guindo y abandonan esa burbuja que les apartaba del mundo: abajo las caretas, los defectos florecen y esa ceguera transitoria se desvanece mostrándoles que sus amantes no son tan perfectos. Tras y con esto, queda en las personas un cúmulo de sentimientos (amistad, cariño, compasión…), vivencias y proyectos vitales en común (la casa y el nene) que, junto con un ápice más o menos fuerte de ese amor erótico, crea un vínculo que difícilmente se altera. O sí. Da igual. Como ya dejó escrito nuestro admirado Antton, “a partir de ahí, lo demás es una elaboración cultural posterior, que no voy a decir que esté mal, siempre será mejor eso que los matrimonios por obligación, pero que nadie se engañe: la luz de la luna, Cupido, san Valentín, Crepúsculo, un diamante es para siempre, y todas las demás cosas que lo acompañan son muy bonitas (para quien le guste) y hay que vivirlas pero poco más. Porque si a esto unimos la visión sociológica, que nos habla de que las parejas se establecen en función del status, la clase social, la religión, la profesión, las relaciones familiares, la ideología y hasta la afición a los cánticos regionales, o como dice Peter L. Berger “cuando se cumplen ciertas condiciones nos permitimos enamorarnos”, no sé si nos queda algo a lo que podamos llamar AMOR”.

    A todo esto, yo estoy enamorado, o lo que sea, de tus textos. 😉

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