Idus de Marzo

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Nada más salir de la estación de Recoletos, le vio parado justo enfrente de la puerta de la Biblioteca Nacional. Le hizo una señal con la mano que él no advirtió, así que caminó hasta el paso peatonal para cruzar la avenida y darle alcance.

Para cuando llegó al punto, él ya no estaba. Miró a su alrededor: no podía haber ido lejos. Mientras dudaba la dirección a seguir, alcanzó a ver como se sentaba en la terraza del bar “Los espejos”. Retrocedió en sus pasos hasta el semáforo. Espero pacientemente la luz roja para los coches.

¡No puede ser! ― pensó al descubrir que en el lugar no había ni dios. ¡Pero si te he visto sentarte aquí mismo, joder!, le reclamó a nadie. Un poco molesta y otro poco desconcertada, dedujo que habría seguido el camino de todos los días, así que echó a andar por la calle de Génova hacia Alonso Martínez.

Pues si, presumió bien. Aunque su espalda le llevaba al menos una calle de ventaja, ésta vez no lo perdería de vista. Y, aunque así fuera, ella conocía de sobra el sitio al que se dirigía. Al llegar a la glorieta, giró a la izquierda. Bajó por el bulevar en dirección a la calle de Hortaleza.

Aunque el día pintaba un color gris plomizo, no hacia nada de frío ni de melancolía. Madrid lucía muy agradable, asomando su incipiente primavera. La primera terraza con la que tropezó fue la de la Cervecería Santa Bárbara. Sonrió a un par de miradas conocidas y se cercioró de que él no estaba ahí. Siguió su camino.

Dos terrazas más y llegó al lugar de siempre. Bueno, de siempre con él. Era el bar donde se habían visto la primera vez y del que salieron juntos para llegar a viejos. «El lugar del crimen» le llamaba él. No estaba en la terraza, ni tampoco dentro. Supuso que habría ido al baño o a comprar tabaco, algo que solía hacer nada más entrar. Se sentó en la única mesa que quedaba libre: entre la puerta y la tienda de los chinos.

Notó que tiritaba de frío cuando el camarero le acercó la cuenta y, de paso, a darle aviso de que ya iban a cerrar. Tan sólo tenían permiso hasta la una, «ya sabes, los del ayuntamiento y los vecinos…». Sorprendida, miró a su alrededor. En efecto, la noche había entrado muchas horas antes. Las mesas habían desaparecido. Coloridas luces de neón descubrían bocas de lobo ocultas al día. La gente había cambiado los trajes por cazadoras y minifaldas.

Sacó dinero y pagó la cuenta. Guardó el tabaco. El italiano, que recogía su mesa, le sonrió:

― Buonna notte, piccola principessa… ¡Eh, cuídate de los idus de marzo que aún no acaban!…

― ¡Hasta mañana, Nico!―  prometió, mientras se alejaba calle arriba.

Mientras la veía desaparecer, tragada por la boca del metro, el camarero pensó en la absurda naturaleza humana, empeñada en volver, una y otra vez, al lugar de los hechos.

― ¡Y por estas calles, grazie a Dio, anda mucho criminal suelto!, canturreaba, contando el dinero de caja.

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2 comentarios en “Idus de Marzo

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