Ay, Haití

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Una día de enero del 2010, sábado por la noche, recibí una llamada de Aurelio Martín. Recién le había conocido unos pocos días antes, durante la presentación de mis cuentos en Segovia.

Aurelio, periodista localmente mundial, de franca sonrisa, me pedía el contacto con Luis Eduardo Aute, para proponerle ser parte del concierto solidario «Ellos somos nosotros», cuyo objetivo era recaudar fondos urgentes para Haití. Me explicó que era una iniciativa popular y espontánea, pero totalmente apoyada por Pedro Arahuetes, el alcalde de Segovia.

Pensaron en Aute, porque le habían visto dando la cara por mi libro. Les pareció una persona cercana y, sobre todo, solidaria. No se equivocaron: en menos de diez días, fui a recoger a mí admirado amigo a la gasolinera que está a la entrada de la ciudad.

Nos recuerdo entrando al camerino. Eduardo estaba emocionado. Hacía mucho tiempo que no cantaba en la ciudad del acueducto y el Frontón Segovia estaba repleto de sus fans y de un montón de personas solidarias, cuya entrada sería destinada al fondo de ayuda para Haití.

Aquella noche, además, había una carga emocional muy especial en el ambiente: se había confirmado la muerte de Pilar Juárez, diplomática de la UE y conocida vecina de La Granja, a la que su propio hijo, recién llegado junto con su padre, desde Haití, rindió homenaje a su madre con música: una inesperada pieza llena de notas tristes, de esas que desgarran.

Mientras cantaba Rebeca Jiménez, la joven segoviana que se va abriendo un sólido camino en el panorama roquero nacional, nosotros intercambiábamos impresiones sobre lo que estaba pasando en Haití; lo que se sabía y lo que no se llegaba a contar. A Eduardo le preocupaba mucho poder hacer llegar ayuda efectiva. El concierto, para él, era el primer paso, pero ya se había puesto en contacto con otras organizaciones para colaborar. En eso estábamos, cuando llegó el marido de Pilar Juárez. Emocionado, le confío que ella había sido una gran admiradora suya y que, por eso, había insistido que fuera él, Aute,  y no otro, quien cantase esa noche.

Comenzó a sonar el grupo de Eduardo. Antes de salir hacia el escenario, como en los viejos tiempos aquellos en que hacíamos kilómetros de carreteras y despertábamos en cualquier hotel, nos abrazamos (un rito de camerino de los artistas, para que todo salga bien). Le desee el típico: «Mucha mierda, querido»… «Por y para ellos, nunca podrá salir mal» contestó.

Fue un hermoso concierto…

Un año después, los haitianos se han vestido de blanco para recordar a sus muertos. La Granja continúa su labor en Haití, manteniendo una procesadora de leche infantil, a modo de homenaje activo, y efectivo, a su desaparecida vecina. Muchas ONG´s siguen trabajando en la isla, pero nada es suficiente para resolver tantos años de olvido.

Mientras tanto, nos enteramos que la tan urgente ayuda ofrecida por los países desarrollados, proclamada en plena tragedia, cuando el desastre y los cuerpos de las víctimas llenaban las pantallas de los telediarios y las columnas de todos los periódicos, no ha llegado. No llegó. Y no se sabe si llegará.

Apenas un cincuenta por ciento de lo prometido ha ingresado a los fondos de ayuda. España es uno de los pocos países que ha cumplido con su compromiso solidario.

Ayer,  mi amiga Pilar Velasco nos compartió un vídeo que me ha emocionado tanto como aquel concierto… Lo he visto y re-visto muchas veces y tan sólo puedo decir: enhorabuena y gracias por la iniciativa, activa y efectiva,  de los colaboradores y trabajadores de la cadena Ser…

¡Ay, Haití!… Qué no te dejemos de oír…

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