El rastro (Reajustes VI)

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Hace pocos días, durante las fiestas de mi pueblo, me encontré con una pareja mayor que por alguna razón, supongo alguna, me tienen mucho aprecio. No les había visto desde el verano pasado, así que se sintieron en la obligación de darme un pésame tardío. Como pude, salí al paso de sus muestras de afecto. Al despedirnos, ella se me acercó al oído para que su marido no la escuchara y me dijo: «Cariño, ese color quítatelo lo antes posible» Sorprendida por el consejo, sin entender la razón del mismo, me despedí.

Más tarde caí en cuenta: iba vestida toda de negro. Pero es que, cuando salgo por las noches, casi siempre me visto de ese color.  Puri, la vecina de enfrente,  me explicó que es una vieja tradición, que aún conservan algunas mujeres, de llevar el luto riguroso en caso de pérdida familiar. Luego, se pasa al medio luto, seguido del alivio de luto. Con tan mala suerte que, cuando por fin se pueden vestir de color, se les muere otro miembro de la familia y  tienen que volver al primer luto.

Así pues, no sé si estoy de luto, hice luto o voy de luto. Lo que si sé es que aún no tengo alivio.

Porque hay dos formas de morir: por sorpresa o lentamente. El golpe de una muerte inesperada, lo imagino brutal para los que lo reciben. Es, en su fatal contundencia, un hecho incuestionable. No puedo imaginarme la desazón de una familia, unos amigos, una mujer que ven roto su presente sin posibilidad alguna de apelar la sentencia.

En cambio, la muerte lenta, la que sobreviene tras una enfermedad ―larga o corta―  es quizá la forma más cruel de llegar al mismo sitio. La gente piensa que es menos «dolorosa» porque has tenido tiempo de «hacerte a la idea». En realidad es todo lo contrario: te conviertes en un testigo involuntario de un proceso al que tratas de engañar; al que pateas con rabia fracasada y del que te conviertes en sumisa cómplice. El hecho es que, hagas lo que hagas, con médicos o brujos, o ambos a la vez, el fallo es el mismo. Pero no te puedes permitir asumirlo, ni siquiera pensarlo en voz alta, porque, entonces, estarías aceptando la derrota.

A diferencia de lo inesperado en lo que apenas cabe un «sí hubiera hecho…», en lo esperado siempre  queda la (in)certidumbre de no haber hecho todo lo posible, aunque tengas la certeza de haber hecho eso,  y cuatro cosas más. Y curarse de tantos sies no resulta de fácil consuelo.

Por eso, un domingo por la mañana le permites al sol  que te acaricie la cara. Te das cuenta de que llevas sonriendo más de media hora. Te dan ganas de comprarte una falda de un gris oscuro casi negro y sientes a tus piernas, nuevamente, pateando las calles del rastro. Abrazas a tu hija, mientras le cuentas tus planes de futuro porque, en ese momento justo, sientes que hay de nuevo futuro.

Te despides feliz y te montas en tu coche para volver a casa. Sin apenas darte cuenta, empiezas a sentir como te van aplastando, como una losa,  los setenta y cuatro kilómetros de carretera  a ciento veinte por hora. Según te vas alejando de la ciudad, se va diluyendo la  vólatil fantasía dominguera en tus recuerdos.

Mientras, te vas acercando al pueblo y tu realidad: nadie te espera en casa. Nadie abrirá la puerta para besarte porque te quiere, simplemente por eso.  A nadie ― a él ― le podrás contar lo bien que te has sentido ese domingo en que quisiste exorcizar a su fantasma. Ese mismo con el que tendrás que volver a dormir esa noche, y la de mañana, también.

Si no hubiese salido de casa…

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5 comentarios en “El rastro (Reajustes VI)

  1. La muerte siempre es desolación, sobrevenga con la velocidad que llegue. Yo he pasado por ambas modalidades: la súbita (un hermano, que me dejó tres años de crisis y culpabilidad por estar vivo) y la lenta (mi madre, mi suegro), que acaba con paciencia, ánimos y recursos de cualquiera…
    Lo jodido, que no hay muerte a la carta. La vida, al menos, te permite mirar los menús y, a veces elegir, pero la muerte es una gran chingada. Mejor mirar la vida.
    Y anímate, que has estado diez días sin escribir y, aunque apenas sé nada de ti, intuyo que estás de bajón.
    Abrazo

  2. Estaba pensando en qué se puede decir ante un texto tan rotundo y, como tantas veces, decidiendo salir de puntillas sin dejar huella, por respeto, cuando me he encontrado con la gran pregunta: ¿Dices algo?

    ¿Digo algo?

    Normalmente ahí suele aparecer un “Deja un comentario” o cosas parecidas, pero me ha sorprendido la delicadeza, la sutileza, de la expresión. Es a la vez imperativa y subjuntiva, indicativa y condicional. Es el verbo hecho interrogación.

    Eres tú.

  3. masqueperro

    Es a ti a quien la casa espera,
    a tu justificada tristeza
    y a una nostalgia serena.
    Es a ti y a tus palabras morenas
    a quien yo deseo ver
    vestirse de coloreadas sedas.
    Besos Juan.

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