(Re)ajustes IV

Hoy me he levantado con un monumental estado de mal humor. No creo recordar tal ánimo desde hace muchos meses. Refunfuñando,  me tomé un vaso de zumo y me fui a pasear a los perros. El frescor matinal, el ruido del campo y mi silencio, me ayudaron a ubicar mi malestar. La culpa, absurda, es tuya.

¿Por qué has venido a mitad de la madrugada y te has metido entre mis sábanas? ¿Para qué me has besado? No, no tenías porque abrazarme ni ceñirme a tu piel de esa manera tan tuya. Demasiado injusto que subleves mi sexo y seduzcas a la ausencia. Es muy cruel, querido, que enredes mis labios a la espalda de tu fantasma para que, en el momento menos lícito, me despiertes, de golpe, al lado de tu insoportable almohada vacía.

Es verano. Por la ventana, se cuela el contento ajeno. Muy a mi pesar, caigo en cuenta de que tu partida no sólo es un asunto de papeles, o de serenar los recuerdos. No es una simple cuestión de trámites, ni siquiera de agotar las lágrimas.

Se trata de un cuerpo, el mío, que hoy se despertó con la mala noticia de que, para estos juegos, tampoco estás…

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