El desierto (2)

A Carlos, desde aquella tarde…

Abrumado por tanto dolor, el animal herido huía cuando su mirada tropezó conmigo y yo salí volando.

Al tiempo, aquellos ojos, medio marrones, medio verdes, me volvieron a encontrar  ―distraída―  en un rincón del desierto cotidiano. Con urgencia, desaparecí.

No me sirvió de nada. Imperceptible, su contemplación se fue enredando con mí soledad, abrasándome. Una tarde de febrero le miré por primera vez. Sonreí.

Desde ese momento ― sin perderme de vista ni un instante ― me robó el alma, el cuerpo y la razón.

Apagué la luz, cerré los ojos y le dejé hacer.

(Cuando volví a ver, él miraba para otro lado.)

(Variación sobre un cuento chino)
Julio 2007/ Mayo 2010
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