Ajuste de Cuentas (II)

Sí hay algo que me reconforta en esta desolada «ínsula» desde la que emprendiste tu vuelo que, de tan previsto me pilló totalmente de imprevisto, es recordar el homenaje que te hicieron el 8 de febrero. Sobre todo, los preparativos y el «post-partido» como dirías tú.

Saber que te has llevado en la maleta las palabras, los abrazos, los besos y los versos de los que bien te querían, respetaban y hasta te admiraban (cosa que nunca quisiste aceptar) me llena de un profundo orgullo.  Y además, te has llevado tu libro entre las manos: el mismo que comenzaste a escribir el mismo día en que nos conocimos y del que adelantaste el verso final.

Esto es de lo que más duele: ya no habrá más versos esperando a ser leídos en tu pequeña libreta negra con lomo rojo. Ya no hay más lecturas de madrugada de Cernuda o de Otero o de Cirlot o de la Pizarnik…

Me dicen que la gente no se marcha, qué se queda en el recuerdo. Pero llevo cuatro noches en que tu recuerdo no me besa. No me mira con sus ojos bien abiertos ni me sonríe de medio lado y me pregunta (sabiendo la respuesta de antemano) « ¿Es qué acaso ya no me quieres?» Te encantaba hacerlo, para que yo respondiera: «Por supuesto que no, ya lo sabes» Entonces, me llamabas brujilla mentirosa.

Por cierto, ayer me hiciste un reclamo. Hay una persona a la que parece que hemos olvidado en medio del caos. Una persona a la que tú querías inmensamente. Te sentías muy orgulloso de ella. Quizá fue ella la que comprendió, antes que nadie, tu inmenso dolor. Se volvió tu cómplice y abierta defensora cuando yo te echaba la bronca. Le gustaba mucho venir al pueblo y estar contigo, picándote con el Barça.

Con ella pasamos las navidades de los últimos siete años: siempre te traía regalitos que te gustaban mucho. De hecho, en tu pasado cumpleaños, el único regalo que recibiste te lo dio ella: el último disco de Serrat, que ya no fuiste capaz de escuchar.  Nos fuimos de vacaciones varias veces. La quisiste invitar a ella y a Aurelié a Lisboa para descubrirles sus rincones. Las introdujiste en la poesía portuguesa, hablándoles de Camöes y de Pessoa y de Ángel Campos… Le descubriste tu Asturias y a tus amigos, que después se han hecho de ella. La ayudaste para que se fuera a Gijón a hacer aquel curso…

Se te llenaba la boca al llamarla mi “hijastra”. Te sentiste un padrastro satisfecho cuando terminó la carrera. Con ella pasaste muchas horas y muchos paseos hablando de la vida, de la poesía, de los dos. Guardaste como un tesoro aquel poema que te escribió y leyó en tu cumpleaños del 2009. Entonces, le pediste que siguiera escribiendo, pero, sobre todo, que no dejara de leer.

Pues, yo la primera, no supe ver el gran dolor que estaba sintiendo. Todos dimos por hecho que estaba ahí por ser mi hija y que esa era la principal causa de su tristeza.

Pero, no era así. Ella te cuido como una hija más. Veló tus sueños y limpio tu cuerpo con el mismo cariño con qué lo hacíamos los demás. Fue testigo de las órdenes médicas y corría a tu lado apenas escucharte. No supe, ni supimos, darle el abrazo que necesitaba para reconfortar su pena. Se quedó ahí, cerca de ti, pero alejada de nosotros, que apenas notamos su presencia. Fue ella la que recibió tus cenizas y las trajo, cobijadas entre sus brazos, desde Valladolid hasta casa. Creo que esa fue su íntima despedida.

Curiosamente, fue tu sobrino Luis, siempre tan cariñoso, el único que se dio cuenta de su tristeza. Entonces, generoso y fraterno, le dijo que el día 15 de mayo era la comida de los primos y que, por supuesto, ella tenía que estar ahí. Me conmovió ese gesto con que la reconocía parte de esa parte de la familia.

Por eso, no fue de extrañar que el domingo por la mañana estallara su dolor ante la sorpresa de los que estábamos ahí. Hasta yo me enfadé mucho con ella. No supe consolarla, creyendo que en la escala de dolor yo tenía más derechos. Pero para eso no hay valores: simplemente duele.

Esta madrugada, me has despertado para hacerme comprender que Daniela no lloraba por mí.

Ella, también, se ha quedado huérfana de ti.

Desde aquí, Daniela, mi más sentido abrazo.

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Ajuste de Cuentas

Querido Carlos:

Mis dedos se han levantado tristemente inquietos, les urgía escribirte con la esperanza de que recibas el correo muy temprano.

Y es que la noche de ayer ha sido la primera en siete años que no despiertas conmigo. Y lo que duele es la certeza de que no lo volverás a hacer porque cuando estabas viajando por el mundo, hablando de poesía o debatiendo sobre literatura, mientras descubrías países y nuevos amigos, siempre me llamabas, calculando los cambios horarios, para despertarme y darme los buenos días. Pero antes, por la noche, habías hecho lo mismo para que durmiese tranquila, asegurándome que, aunque no estabas, estabas.

Ni ayer ni hoy ha sonado el teléfono. Ni volverá a sonar.

Me levanté sin mucho sentido, saqué a los perros, di de comer a la gata y, como todas las mañanas de los últimos meses, crucé el pasillo para darte un beso y asegurarme de que habías dormido bien.

Gracias a tu hijo, ayer la habitación se quedó desdibujada: apenas quedan rastros del último caos. En medio de ella, la rosa y la margarita que les robé sin que se dieran cuenta. La margarita está cabizbaja. Fue al cerrar la puerta, cuando me fijé en tu mesilla que quedó intacta. Entonces, como un ladrido, me escuché gritando ¡Cabronazo, me has dejado sola! Y nos pusimos a ajustar cuentas. Luego, por fin, me dejaste llorar, a solas, contigo.

Te recordé que en el verano del 2003, sentados en un bar de la calle Barceló, me pediste que me quedara en tu vida, en España, a tu lado: «Te he buscado en muchas vidas. Ahora que te he encontrado no puedo perderte. Te prometo qué serás feliz. ¡Vámonos recio, mi generala!».

Ante tal declaración, no cabía ni medio no.

Desde entonces, no he vuelto a tu México lindo y querido, pues el proyecto era ir juntos para hacernos viejos por allá.

Pero como nunca has dejado de sorprenderme, querido, escogiste el viernes pasado para marchar primero. El problema es que no me dejaste dicho qué hacer con el reloj que sigue dando la hora en tu mesilla. Si, ese que te regalé el día de nuestra boda. O con el que te di por nuestros primeros cinco años y  no llegaste a estrenar. No me hablaste sobre el futuro. Este, el de ésta mañana y que ya no incluye el plural ni la palabra juntos.

La nevera se queda llena de natillas y ya sabes que a mi no me gustan. Tus zapatillas ya no andan por el salón. Dejaste un libro a medio leer y me pregunto si lo he de terminar yo, para contarte el final después. He lavado tu cenicero plateado y no se dónde ponerlo, pues el espacio está lleno de vacío. Anoche, los perrines se quedaron sin galletas. Por cierto, ayer ganó tu Madrid. Creo que seguiré viendo el fútbol por si me vienes a preguntar cómo va a liga…

Pues si, me dejas muy triste. Me dejas sin respuestas, porque preguntas tengo todas y, la primera, la sabes muy bien ¿Por qué?

De lo que no hay ninguna duda, es que cumpliste tu promesa y me hiciste muy feliz. Me has dejado muy amada, amor. Supongo que eso debe estar muy cerca de quedar en paz…

19 de abril, 2010

(Pd.- Llaman a la puerta. Es Pili, del ayuntamiento. Necesitan tu partida de nacimiento… puta ironía.)