El tercer mundo

 

            A propósito de las graves consecuencias de la tormenta de nieve que dejó varias zonas de Barcelona sin suministro eléctrico, amén de otros desastres, los informativos y, en general, los medios de comunicación, se han lanzado a la calle, micrófono en mano, para conocer de propia voz, los testimonios de los afectados.

            Las escenas, en general, son desoladoras. Sobre todo, la de las torres eléctricas dobladas como un mondadientes al final de la comida. Las carreteras llenas de vehículos esperando al paso de una quita nieves o, al menos, de alguna información. Los gimnasios, reinventados en improvisados albergues. Las casas a oscuras.

            Lo más desagradable del corte de luz, es la incertidumbre de no saber cuándo volverá. Entonces, llamas al teléfono de información y una amable voz te dice “es una avería y ya lo estamos arreglando”.  Es mejor no haber llamado. A medida que va pasando el tiempo a oscuras, te vas dando cuenta de la inutilidad de estar vivo sin luz.

            Para empezar, en invierno, la calefacción no funciona sin electricidad y no tienes chimenea. Te da la sensación de que la casa se queda helada enseguida aunque el termostato indique que sigue a 20º.  El teléfono tampoco sirve, pues te compraste un inalámbrico para tu comodidad. No puedes hacerte la cena, ya que al reformar la cocina, pediste una moderna vitrocerámica y, hasta que no inventen el microondas a pilas, no hay nada caliente que se pueda hacer.

            También te preocupa que, justo esa mañana, hiciste la compra de la semana y los congelados se van a estropear. ¿Una ducha? Imposible, no hay caldera. Decides aprovechar el tiempo arreglando tus archivos en el ordenador: ¡joper, sí no hay luz!

            El móvil. Te queda el móvil para llamar a tu vecina. No sabes bien para qué, pero necesitas ruidos, porque el silencio de un apagón se torna muy amenazante. La consabida grabación,  te indica que el teléfono está apagado o fuera de cobertura. Decides ir andando hasta su casa. El timbre no funciona. Esperas un rato para ver si entra o sale alguien. No hay suerte.

            Enfilas hacia el bar, un café para matar el tiempo. Lo siento, sin luz no hay café ni cañas. Un vino, si acaso y con la advertencia de que, como «la cosa va para largo» mejor van a cerrar.

           Pues nada, en la calle, otra vez. Sin remedio, vuelves a casa. Por el camino, recuerdas que hace muchos años la tía Pili te regaló un radio pórtatil pequeñito. «¿Dónde demonios lo habré guardado?» Lo encuentras, pero el tiempo y el no haberle quitado las pilas, lo ha llenado de óxido. Te empeñas en limpiarlo con cuidado y le pones un par de baterías nuevas doble AA.

            — ¡Lo que está sucediendo es tercermundista, es increíble que esté pasando esto…!

            Escuchas la voz crispada de una mujer mayor, supones, quejándose del desastre ocasionado por la imprevisión.

            — ¡Sí…sí… esto es peor que el tercer mundo!, confirma un coro de voces que, supones, rodean al reportero.

            La señal de la radio se pierde. Te quedas pensando. ¿Tercer mundo?… ¿Y el segundo?… ¿En qué universo gravita el primero?…

            No, señora, está usted muy equivocada. En el tercer mundo, ese al que siempre se remiten cuando de desgracias se trata. Ese mundo al que la mayoría sólo conoce por las imágenes de niños famélicos, rodeados de moscas y peligros. Un mundo hecho de casas de cartón en medio de basura y ríos de lodo maloliente. El mundo de tercera, que no tiene agua, ni luz, ni salud, pero al que le sobra mucha hambre. Ese mundo, señora, estaría muy feliz y agradecido de que, un día, dos, tres; veinte horas, incluso, una semana, se viese privado de electricidad porque un temporal de nieve reventase sus torres y no pudiese, en consecuencia,  usar el  teléfono o encender la calefacción. O, que,  su comida congelada, terminara en la basura.

            En ese tercer mundo, al que alegremente se refieren como sinónimo peyorativo (e indeseable)  de la desgracia del estado de bienestar, harían una gran fiesta, iluminada por una cálida  fogata en medio de la calle pobreza y compartirían canto, baile y miseria entre todos los vecinos, por igual.

            Vamos, lo que suelen hacer siempre, a falta de luz…

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4 comentarios en “El tercer mundo

  1. Rafael

    Tienes toda la razón; pero ¡qué miedo da quedarse sin luz! Hace tan poco que salimos del hambre… durante doscientas generaciones hemos padecido hambrunas y desgracias sin cuento. El pan nuestro de cada día desde que decidimos dejar los bosques y convertirnos en agricultores. En Europa hace tan solo 160 años que pasamos la última gran hambruna, apenas siete generaciones. Aún sentimos en el cogote el hambre y el dolor de los abuelos de los abuelos de nuestros abuelos, y al menor signo de que el paraíso en el que vivimos comienza a fallar la angustia nos acogota. En el fondo sabemos que una pared muy delgada nos separa de la miseria, una pared muy, muy delgada, y en el fondo, eso es lo que nos sale cuando mentamos el tercer mundo.
    Besos.

  2. Maggi

    Me crié en el campo. Aun no había electricidad en las areas rurales. Luz? Quinqué para el interior de la casa, lámpara para la interperie. La actividad cesaba al meterse el sol y si hacía frío, en cuanto se cenaba, a la cama. Si era verano, plática a la luz de la luna o en plena obscuridad. De repente apareció el radio de pilas y entonces a oir el juego de base-ball, o las radionovelas: Kalimán, Porfirio Cadenas,etc. A la madrugada, quinqué para dar el desayuno a los hombres que comenzaban a laborar a la salida del sol. La madre no tenía, lavadora, ni licuadora, la estufa era de leña y la plancha de carbón, el agua se sacaba del pozo con cubeta,no existía el refrigerador, y si a veces se conseguía una barra de hielo, había “raspados” y hielo para el agua fresca, la gloria en veranos entre 40 y 45 grados, si te querias bañar te ibas al canal si era verano, y en invierno a calentar tu tina de agua. Estoy hablando de 1940-1950, ahora en esas tierras, ya hay luz en el campo y mucha tecnología, es frontera con EEUU, pero la mayoría del medio rural, sigue igual por eso pertenecemos al 3er. mundo pero con una memoria tan fresca,que cuando tenemos que regresar a situaciones primitivas, la angustia no nos paraliza: terremotos, sequías, ciclones, inundaciones, nevadas, etc, nos las ingeniamos para sobrevivir y a la vez para pasar en rato alegre de convivencia con los hermanos en desgracia, para contagiarnos de entusiasmo para salir adelante.

  3. Cata

    Amiga… lamento muy de veras, muchísimo, tu enorme pérdida. Me acabo de enterar y he querido a venir a tu lugar a dejarte un montón de besos y a decirte que me siento cerca de tí en estos duros momentos.

    Un abrazo enorme, corazón… Te quiero.

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