Treinta minutos

 

«Ya no soy más que yo para siempre…»

(Idea Vilariño)

 

Mercedes llevaba unos días triste, sin poder encontrar una buena razón para asomar la nariz más allá de la puerta de casa. Al principio, culpó al mal clima: exceso de lluvias, frío y cielos grises. Pero el domingo había salido el sol y tampoco pudo sonreír. Entonces pensó que, quizá, la razón de su desasosiego estaría en su falta de actividad, así que se apuntó a un gimnasio. No es que se sintiera mejor, pero ahí fue donde comprendió la razón de su pesar.

            El primer día, llegó vestida con un viejo pantalón deportivo que solía utilizar para estar en casa. Una camiseta cualquiera y unas zapatillas que, de tan viejas y poco usadas, estaban nuevas. El monitor quiso saber cuál  era su objetivo, a lo que ella respondió que no lo tenía claro: «Quizá mantenerme en forma, ya no seré Miss Musculitos». Así que la mandaron a la cinta caminadora por treinta minutos, para empezar.

            Por la colocación de las maquinas, ella podía observar el resto del gimnasio. Distinguió dos grupos claramente: los de su quinta, en las caminadoras, bicicletas, escaladoras y, digamos, ejercicios de bajo impacto, específicos para quemar calorías y contener el tiempo.  Al otro lado, los jóvenes, los que si querían ser musculitos. Los que se preparaban para mostrar los resultados de su esfuerzo, en cuanto llegase el buen tiempo. Los que, sin miramientos, cargaban barras y pesos imposibles. Entre ellos, las chicas jóvenes que endurecían sus glúteos; levantaban sus pechos y pegaban saltos al  enloquecido ritmo del aeróbic.

            Al ver los gastados cuerpos de sus compañeros de caminata, que sobrepasaban, la mayoría, los sesenta años y ver los de los chicos, que no sobrepasaban los cuarenta, Mercedes cayó en cuenta de que su problema era, precisamente, ese.

            Se recordó a la edad de doce años. Sus hermanos y sus primos eran más pequeños que ella y no la dejaban compartir sus juegos y secretos, porque ya era «muy mayor». Entonces se acercaba a la mesa de los adultos, que en cuanto notaban su presencia, la mandaban fuera, porque estaban hablando «cosas de mayores». Al final, cada domingo, terminaba sentada, sola,  en el primer escalón que subía a ninguna parte. Quizá de ahí, le viniera su especial aversión al séptimo día de la semana.

            Aquella época, que duró un par de años, fue terrible: no había sitio para ella. Se había convertido en una especie de estorbo para unos y para otros. Aprendió a ser invisible y se construyó un mundo paralelo, lleno de cajas de cartón convertidas en castillos. Quizá de ahí, salió arquitecta.

            Pues bien, ahora, con cincuenta, sentía la misma cosa. Resultaba joven para sus colegas, aunque mayor y respetable para los aprendices.  Para la jubilación o la tarjeta descuento de los museos, aún le faltaban años,  aunque, si fuese el caso, sería demasiado mayor para pedir un nuevo empleo. Las ayudas que se otorgaban, eran destinadas para personas de hasta treinta años o para  las mayores de sesenta y cinco: ella no encajaba en ninguno de los dos baremos. En un banco era considerada una persona de riesgo: demasiado mayor para garantizar el pago de una hipoteca, pero en la edad justa de quedarse sin trabajo. Y qué decir de los seguros de cualquier tipo: el razonamiento era el mismo. A menos, claro, que estuviese dispuesta a pagar el doble por cada cuota. A su edad, ya se debía tener dinero para eso. Aunque no el suficiente como para no pensar en un plan de pensiones.

            Era muy joven para pedir ayuda. Demasiado vieja para no darla.  No estaba en edad de vestirse como una venerable abuela, pero tampoco podía volver a sus minifaldas que tanto le habían gustado. El recto traje sastre se convirtió en su uniforme. Fue joven al quedarse viuda, pero demasiado vieja para volver a coquetear.

            Sus hijos y los amigos de ellos, callaban cuando la veían aparecer. Huían al jardín sí a ella se le ocurría sentarse en el salón. No la invitaban a sus fiestas ni a sus viajes. Ya era vieja para volver a ser madre. Muy joven para ser abuela: sus hijos ni siquiera se lo planteaban. Pero, si había algo que le causaba una profunda angustia, era percibir cierto tonito de condescendencia en su voz, algo así como; «Háblale despacio para que se entere». Igual que se le habla a un abuelo medio sordo o a un turista despistado.

            En cambio, cuando se sentaba en un corro de amigos suyos, no hacia más que escuchar de nietos y enfermedades: dos cosas que ella aún no tenía. En pocas ocasiones daba su opinión sobre algún tema, pues invariablemente la interrumpían con un «¡Ay, qué joven eres. Lo que te queda todavía por vivir!», así que aprendió a callarse. Si alguna vez, en  el autobús, un joven le cedía el asiento, no tardaba un viejo en plantarse delante de ella para, con mirada lastimera, obligarla a cedérselo a él. En la sala del médico de familia, los niños tenían preferencia por su inquietud, los mayores por sus prisas. A su edad, la de ella, no se consideraba el tiempo. En fin, sin advertirlo, volvió a ser invisible.

            A los catorce años, vivía esperando la llegada de la tan ansiada adolescencia. Esa etapa que obliga a ser rebelde para conquistar un espacio propio. Ahora, le tocaba esperar la llegada de la mal llamada «edad madura», para dejarse ver de nuevo.

            Lo curioso es que, la primera estaba marcada por la llegada de la primera menstruación. La segunda, se anunciaba con la partida de la última regla.

            Un periodo realmente corto, pensó, mientras apuraba el ciclo de treinta minutos en la caminadora, quemando invisibles calorías…

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4 comentarios en “Treinta minutos

  1. Juan Calleja

    Hay edades muy malas. Es mejor aspirarse. Jejejeje. El texto es un lujo de detalles y sentimientos. Desde luego tu no eres invisible. Y no sé si alguna vez lo seré yo. Jajajaja. Besos.

  2. Rafael

    Muy bueno. A veces es caprichoso eso de la edad. Existen datos objetivos (la cara del del banco si le pides una hipoteca o los números que salen cuando te planteas un seguro médico o un plan de pensiones, tal como tú cuentas); pero el resto lo vamos haciendo nosotros. Gente de treinta, gente de cuarenta, de sesenta o de veinte… para muchas cosas (la mayoría), lo mismo da.
    Besos CCVV

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