Insomnios II

Febrero 7, 2010.

Ha sido una noche intranquila. Nos hemos acostado un poco tarde: estamos nerviosos. Menos mal que hubo partido del Real Madrid y eso te distrajo un poco.

             Ir a cualquier sitio se ha convertido en poco más que una aventura, así que vino la encantadora de María a cortarte el pelo. Ya sabes, para que te sientas guapo. Le has pedido que te lo dejara al mínimo. Luego,  me preguntaste «¿está muy corto?».  Te dije que no, pero qué te podías mirar al espejo. Estabas sentado delante del inmenso espejo del baño, pero no quisiste mirarte.  Nos dijiste «Es que yo no veo nada».

            Luego, saqué tu ropa del armario. Los modelitos de los días especiales. Te hice probar varios pantalones: no te queda ni uno. Mirabas con rabia aquel montón de camisas y chaquetas que no te volverás a poner. Yo trataba de alivianar el momento: «Es que no me comes nada»,  te defendías.  «Ahora estoy comiendo mejor», me respondiste. Al final, he decidido que mañana te iré a comprar un pantalón que te quede bien: no mereces ir con “apaños” e incómodo a tu celebración.

            Más tarde, después de cenar, me enfadé. No sé el por qué, fue cualquier cosa. Me hiciste una pregunta y te respondí de mala manera. No tenía ganas de hablar y, contigo, menos. Me preguntaste que si estaba molesta, te dije que no, que estaba cansada y me quería ir a la cama. Ese sitio se ha convertido en el refugio de mis iras. Esta madrugada he entendido la razón de mi enfado: haber sacado la ropa del armario y convertirlo en un montón  inútil, pensar qué hacer con él y, al final, dejarlo en un rincón para llevarlo a una buena causa, ha sido como un pre-aviso de algo que me tocará hacer dentro de poco. Y ¿sabes? Jode. Duele mucho.

            En estos momentos, cualquier movimiento, como si fuese un tablero de ajedrez, es de suma importancia: un ligero temblor de mano; un dolor de cabeza; un gesto: todo cobra sentido en este contexto. Por eso me llamas «Mi cruz» porque parezco un policía con tanta pregunta. Lo sé, me lo susurras, estás harto. ¿Adónde vas? ¿Qué quieres? ¿Te duele?… siempre has sido tan discreto que hasta quejarte te da apuro. Pero el médico te ha dicho qué te quejes, que sí no, no nos das pistas para saber cómo estás.  A veces me gustaría que me mandaras a la mierda. Qué te rebelarás a mi protección, qué me dijeras ¡Déjame en paz!  Pero, eres tan incapaz de hacerlo… Entonces, me cabreo y la que se pone a gritar como una loca muda, soy yo.

            En fin, dentro de unas horas nos vamos a Madrid. Tengo que bañarte y afeitarte, ayer no quisiste hacerlo. Debí insistirte más para hacerlo, pero me derrota tu mirada. Así que, a correr, para llegar a tiempo a casa de Marcelo, tu amado amigo y uno de mis mejores cómplices. Ha insistido tanto en que vayamos a su casa, que no te has podido negar, aunque te agote el esfuerzo. Quieres ver a Caro y a los niños. Lo entiendo.

            Mañana es tu gran día: estás nervioso. Aunque no me lo digas ni yo te lo cuente, ambos sabemos, olemos, este aroma a despedida…

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