Insomnios V

Febrero 18, 2010.

            Esta vez mi insomnio no tiene nada que ver contigo. Te he apartado por un momento. Me urge una tregua. Aquello de «necesito mi espacio», por primera vez, ha cobrado sentido entre mis sábanas. Siempre me pareció una fantochada de la gente que, como argumento de la ausencia, decía: «necesito mi espacio». ¿Acaso, al nacer, no tenemos per se un espacio? Aquel que registran con nuestro nombre y apellidos y qué va creciendo tanto cómo seamos capaces de hacerlo.

            Lo cierto es que,  a veces, diluimos tanto ese espacio en los demás que, cuando te quieres dar cuenta, estás de puntilla en un solo pie sobre una invisible línea, como un mal equilibrista.

            Estoy leyendo el libro de Irina por segunda vez. «Carta a mi padre» es un desgarrador testimonio escrito por un viejo compañero de juegos de la infancia, aquejado de una cruel y despiadada enfermedad degenerativa y que hoy se ha convertido en una hermosa, valiente y cariñosa mujer. Cada palabra escrita en ese texto, para mi, en lo particular, cobra un montón de recuerdos y de más de una lágrima. Me enoja y me subleva leer por todo lo que ha pasado, sufrido y, sobre todo, sobrevivido.

            Uno de mis proyectos a corto plazo será conseguir que Irina venga a España. Quiere «devorarla» según me ha dicho y creo que es importante que su testimonio se conozca. Es una gran activista por los derechos de los discapacitados en México. Cuenta qué, en el edificio donde vive, le han puesto una denuncia por haber construido una rampa para su silla de ruedas. Los vecinos que han construido ventanas, terrazas, muros, puertas ilegales en el mismo sitio, están indignados por que ella puso una rampa para poder acceder a su casa. Es la única vecina en esa situación.

            La otra tarde, me animé a llamarla. Lo había pensado hacer hace semanas, pero me decía «no estoy para más dramas» cuando en realidad lo que me alejaba del teléfono era no saber cómo hablar con ella ¿o él y mis recuerdos?. Después de tantos años y tanto mar de distancia, un hilito de voz desconocida me sorprendió:

—    ¿Irina?

—    Si, ¿quién es?

—    Soy yo, Alejandra ¿cómo estás, cariño?

—    ¡Chamaca! ¡Qué alegría me das!

            Y de pronto, el tiempo no había pasado.

            Hace pocos años, cuando lo creía todo perdido, a punto —literalmente— de tirarse al vacío, decidió que, sí estaba dispuesta a morir, ¿por qué no a renacer? Entonces, inició su proceso de transexualidad. Lo comenzó a escondidas, vía internet, y puso su vida en peligro. Por fortuna, encontró un buen médico que la rescató a tiempo y la ha acompañado en todo el proceso. Por supuesto, familia y amigos, le han dado la espalda. No me extraña, resulta más cómodo hacer eso que tratar de aceptar, y respetar, las cosas que no entendemos.

            Desde muy pequeña, siempre escuché en casa que Rodolfito se moriría a los diez años o a los quince o a los veinte. Y, en efecto, el cascarón de Rodolfito murió hace poco tiempo para dejar nacer a una mujer que, por fin, mira al mundo de frente, sin rabia, con buenos ojos. Y que, en esencia, no ha dejado de ser la misma persona de siempre: revolucionaria y comprometida con la lucha por los derechos de los demás. Aún le recuerdo en su silla de ruedas, boina al estilo del Ché, bajo el sol del jardín de Coyoacán, cada fin de semana de muchos años, con su comité «Solidaridad con Cuba», recolectando dinero para enviar petróleo a la isla. Consiguieron mandar varios barcos de combustible y de ayuda para el pueblo cubano.

            Pero, claro, los revolucionarios, los rojos, los comunistas, los progres, los que se supone, luchan por el bienestar de los demás —entre ellos, su padre, mi padrino— no han querido entender que su legítima revolución personal ha triunfado y que, hoy por hoy, Irina es una mujer feliz, a pesar de que la enfermedad le va ganando terreno y la ceguera apenas la deja leer.

            Pienso en lo que habrá luchado para que, en un país como el mío, México, dónde se sigue considerando a los homosexuales «enfermos y degenerados», dónde aún los matan en la calle por serlo, dónde un transexual es «una loca vestida» Irina ha conseguido que, legalmente, se reconozca su nuevo nombre y sexo. Ya no más explicaciones a miradas mordaces. «¡Ya me han dado mis papeles!… ¡Es el triunfo!»… A modo de despedida, besos y promesas de un cercano (re)encuentro en la puerta de Alcalá.

            Esta historia, bien merece más de un insomnio. Va por ti, mi querida Irina.

Anuncios

2 comentarios en “Insomnios V

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s