Canícula

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El pájaro azul boquea.
Las pesadillas acedan su sueño.
El estío, ahoga. El hastío, quema.
Tic tac tic tac tic tac tic tac…
El pájaro azul está cansado. Boquea.

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El pajaro azulEl pájaro azul, Eduardo G. Grossi

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Madrid-Zaragoza

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Hoy me toca, a las 20:00 hrs, en la Librería Cálamo de Zaragoza, hablar sobre No hay tres sin dos…

(Aunque trataré de hacer trampas y que mejor hablen de él, Antón Castro y Manuel Ortuño, que lo hacen mejor que yo…)

Allá nos vemos…

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Presentación en Zaragoza

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Equilibrio

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Nada es lo que parece. Incluso, lo que parece, es nada…

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Una ráfaga de certezas abofetea tu cara.
Te cuesta mantener el equilibrio. Caes.
Sabes que lo sabes todo sin saber nada.
−No, yo no quiero saber más, imploras.
Lloras mientras tratas de esconderte.
Pero está ahí, al otro lado. Implacable.
Lacerante. Impertérrita. Jugando al desconcierto.
In/visible y cruel, la verdad derriba el parapeto.

Maldito a/cierto.

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Resaca de la buena, por Txetxu Barandarián

“7. Es extraordinario que fruto de la presentación alguien compre 9 ejemplares de golpe para regalo. Prometo que es verdad y, además, nos contó la historia…”

(Seguir leyendo…)

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Bautismo

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Algo escribió Luis Eduardo Aute en el prólogo de Cuentos chinos sobre «la irregularidad caótica justificada por el contenido» de mis cuentos. Yo agregaría que el caos, entendido como algo que sucede para desarmar el orden que uno se empeña, inútilmente, en conseguir, se extiende al resto de mi vida.

Les cuento esto, porque nunca se me habría ocurrido imaginar que la presentación «mundial» de mi último libro sería en Bilbao, ciudad muy especial para mí, y a la que regreso después de unos cuantos años, uno más otro menos. De hecho, por aquella época, nada más lejos que pensar en escribir un libro. Mucho menos cuatro. Esa primera vez, como siempre que he cambiado de país, ciudad, continente, fue por un amor. ¿Por qué sí no?

En este segundo viaje a la ciudad de las Siete calles, las cosas han cambiado. Un cúmulo de inesperadas circunstancias y felices complicidades canallas, encabezadas por Txetxu Barandiarán, me llevarán el próximo jueves 3 de julio a la Librería Cámara de Bilbao, para presentar «No hay tres sin dos» (Trama editorial), acompañada de dos impecables −e implacables−, padrinos: Manuel Ortuño, editor donde los haya, y  John Hemingway, que ha reconocido al «chamaco», con sus letras y apellido.

Y aunque todo lo anterior me hace muchísima ilusión, lo que más me inquieta es el encuentro con las tres madrinas de excepción: Beatriz Celaya, Elena Sierra y Noemí Pastor, que se harán cargo de «destripar» al bautizado.

Por cierto, por si se lo preguntaban, de aquel amor, solo quedaron un par de relatos. Aunque estoy segura que en esta próxima aventura, se van a consolidar otros amores… (y algún nuevo cuento…)

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Presentación Bilbao.

 

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Cinco sentidos

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¿Qué fuimos antes de amarnos?
¿Quién eras tú?
¿Y yo quien era?
(Lina Zerón, poeta)

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Terminamos los cafés y seguimos con las copas. La sobremesa se iba prolongando, tal y como era de esperarse. Como una versión humana del cortejo animal. Las sillas y los gestos se iban acercando. Una mano rozó a otra, instante que aprovechó para abrir la boca.

−¿A qué huele un cuerpo enamorado?, preguntó.

¡Joder! ¿A qué viene eso?, pensé. ¿A qué huele un cuerpo enamorado? ¿Y me lo pregunta a mí, precisamente a mí, ahora y aquí?… Ante mi silencio, su boca insistió en seguir abriéndose.

−¿Amor, pasión, ternura, futuro, pieles que se funden, perfume, magia, a ti, a mí…?, enlistaba mientras me miraba a los ojos.

Conteniendo mis ganas de salir corriendo, retiré su mano de la mía. Respiré dos veces. Me acerqué a su oído.

− Un cuerpo enamorado no tiene olor, porque quien ha estado enamorado bien sabe que en ese acto se pierden todos los sentidos. La zozobra del enamorado le impide ver, oír, saborear, oler o tocar nada más allá que su propia angustia. La de aquel que se sabe muerto en amor… En todo caso, a eso huele un cuerpo enamorado: a muerte. A esa dulce e in-voluntaria muerte que se va apoderando del inerme corazón de los amantes, esclavos de la incertidumbre que provoca un amor recién nacido. Corazones acechados por perennes y pestilentes dudas que, en consecuencia, terminan impregnando de olor a muerte a los cuerpos enamorados…

Estiré mi brazo y lo deslicé suavemente debajo de su nariz.

−¿Lo hueles?… Hace mucho tiempo que morí.

Aproveché el silencio, y su desconcierto, para desaparecer.

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De aquellos polvos estos lodos…

 

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Lecturas

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De mi padre heredé la «maldita» costumbre de leer dos, tres o hasta cinco libros al mismo tiempo. Todo depende del momento y, sobre todo, del estado de ánimo para tal o cual lectura.

Casi siempre, el libro de la mesita de noche no tiene nada que ver con el de la mesa del estudio o el de la hora del sofá. Sí, todos y cada uno están dispersos por toda la casa. Incluido el baño, faltaba más.

El caso es que, sin proponérmelo, en este último mes, se me han juntado tres libros preciosos, y precisos. Dos de ellos están escritos por dos amigos. Dos amigos a los que nunca he mirado a los ojos y con los que, sin embargo, mantengo una relación constante a través de mensajes y correos.

No obstante, en el caso de Luis Cremades, es como si lo conociera de toda la vida. Nuestro amado Carlos hizo que yo quisiera a Luis. A través de sus anécdotas y del profundo cariñoMaquetaci—n 1 que le tenía, me fui dibujando una imagen de él. Más tarde, Luis y yo descubrimos otros amigos en común, lo que me hizo refrendar ese especial cariño por alguien a quien nunca he tocado. Es por esa razón que, al comenzar a leer El invitado amargo, que escribió a la limón con Vicente Molina Foix, me asaltó un extraño pudor. Algo delicadamente duro. Que me invitara a sentarme en un rincón de su habitación en el colegio mayor o a acompañarle en la construcción de sus versos, me ha traído, inevitable, un montón de recuerdos. Según avanzo en la lectura, cobra sentido el comentario que me hizo su autor cuando le dije que ya tenía el libro entre mis manos: «A ver si se deja…». Se está dejando, Luis, se está dejando…

Y, cuando no se deja, paro.

 

Entonces, me voy en busca de Los Hemingway, una familia singular, de otro singular amigo: John Hemingway. Y he aquí, que aunque tampoco he tocado ni mirado nunca de frente al nieto del Nobel, me encuentro con la puerta abierta para entrar hasta la cocina de su pasado. Pero, sobre todo, para entrar a la vida de mi amigo y conocerle hasta los sueños. En su libro, John narra la extraña relación de su padre, Greg, con su abuelo, Ernest, todos del mismo apellido. Con una buena estructura narrativa, se va descubriendo una vida muy dura a pesar de que su protagonista la intenta suavizar. Sus entrelíneas lo delatan. Lo cierto es que, según avanzo en la historia, me entran unas inmensas ganas de querer abrazarlo de verdad. (También ha provocado mi deseo de releer a su abuelo, pero desde una nueva perspectiva: la que John propone).hemingwaylibrojohn

Entre sus páginas, me subo con él al montón de autobuses en los que se veía obligado a cruzar, una y otra vez, su país. Me mudo tantas veces como él con su madre y sus hermanos. Me permito amar a Greg, su padre, con la misma fuerza con que intuyo que, a veces, lo llegó a odiar. Y, una vez más, aparece el pudor de quien se sienta, testigo mudo, en el muelle de Miami, participando de su ilusión al reparar su primer barco. O de quien está detrás de la ventana, sintiéndole reflexionar sobre la vida, mientras leo las cartas de su abuelo y su montón de números. ¿Quién iba a imaginar que su abuelo era un experto financiero?

John apareció en mi vida −o yo aparecí en la suya− a través de la red que tejió otro amigo, también virtual: Miguel Cobo Rosa y su Riografía. Recuerdo que fue a partir de un video de Chris Isaak: Wicked Game.
Y, como si de un juego nada perverso se tratara, con el tiempo, esa amistad virtual se ha consolidado. No solo eso: en un acto de auténtica generosidad, John me ha obsequiado un puñado de hermosas palabras para acompañar mi nuevo libro, No hay tres sin dos.

Pero, a veces, también tengo que parar con su libro. Y paro.

¿Para qué?… Para seguir con la intensa vida de George Sand…

sand

 

 

¿Me estaré volviendo vouyer?

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