Micrograma II

Princesa

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El difícil arte de mantener el equilibrio.

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Princesa, 2014. (Metro de Madrid, foto: ADO)

Princesa, 2014. (Metro de Madrid, foto: ADO)

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Micrograma I

Primera cita

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¿Lo mismo o lo de siempre?

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Verano, 2014. (Foto ADO)

Verano, 2014. (Foto ADO)

 

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Serial killer

 

 

Allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras…
(A mano amada, Ángel González)
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No fue un psicópata perverso. Tampoco un asesino múltiple empuñando un cuchillo. Ni siquiera se trató de un homicida accidental con pistola para la ocasión.
Mi sangre no se derramó, ni tuvo que romperme el cuello. No agonicé en un oscuro callejón, ni me descuartizó en un sótano maloliente.
Todo fue tan simple como arrancarme el corazón con un te quiero.
Los gusanos brotaron de inmediato.

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manaracorazón

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Oviedo

oviedo

Alejandra Díaz Ortiz presentará el próximo jueves en Foro Abierto “No hay tres sin dos”, un libro de cuentos con un marcado acento poético, que incluye una presentación de John Hemingway, crítico literario y nieto del Premio Nobel.

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Ausencia

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No creo en más infierno que tu ausencia.
Paraíso sin ti, yo lo rechazo.
Que ningún juez declare mi inocencia…
Antonio Vega

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Pues de ausencia hablamos

que constancia quede:

no solo es ausencia.

La presencia, ahora,

es total. Si cierro los ojos,

te veo. Estás en todo.

Tan solo el contacto falta:

palpar con las manos,

con los ojos ver sin presencia,

sentir esas cimas erizadas,

y no poder decir sima,

pues extensa es en el recuerdo.

 

Mundo toda ella se vuelve

y se disloca el sentido

intentando nombrarla.

 

Carlos Álvarez-Ude, Los mares detenidos, 2010.

 

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* Hoy, 1 de cotubre, tendríamos que celebrar el noveno aniversario “legal” de una vida que no fue, pero sigue siendo…

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La partida

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a Mr. Dick…

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Aquella noche celebraban una década de reunirse todos los jueves.

Siempre lo hacían en casa de Lola, la única soltera del grupo. Eran cinco amigas. Tres de ellas: Merce, Silvia y Rosa, llevaban tanto tiempo casadas que ya se habían olvidado de contar los años. En el caso de Ana, ésta sumaba tres matrimonios y no tenía muy claro que el último fuera el definitivo.

Hicieron juntas la universidad, así que continuaron viéndose, ya no para salir de juerga, sino para jugar a las cartas o ver películas. Casi siempre, para evocar tiempos mejores. En todo caso, se reunían para librarse durante algunas horas de sus respectivas rutinas.

Tras un par de copas de vino, se iban relajando mientras la anfitriona las ponía al día de sus aventuras nocturnas. Incluso, alguna vez, Merce, una de las casadas, les confesó un desliz. «Nada de importancia», concluyó.  Por otro lado, Ana,  la más canalla de todas, intervenía describiendo al detalle las «habilidades» de sus compañeros de trabajo. Tenía tres, en total.

Fue durante el último año cuando Lola introdujo un nuevo entretenimiento al grupo. Todas lo aceptaron sin titubear pues encontraron el juego de lo más divertido. Tan solo había que cumplir dos reglas básicas: nunca se podría convertir en realidad ni jamás se podría revelar la identidad de las participantes. La segunda regla se estableció por precaución. Por lo demás, todo les estaba permitido con tal de ganar la partida semanal.

Se trataba de lo siguiente. Primero tendrían que apuntarse a una web de contactos. En concreto, la de aventurillas.com. El siguiente paso sería ligar con aquellos que se confesaran bien casados pero aburridos. En general, era el tipo de hombre más dispuesto a participar. El juego consistía en seducirlos a través de las palabras, hasta que, una vez entregados por completo a su amante virtual, no tuvieran ningún reparo en prodigarse enviando imágenes de sí mismos al objeto de su deseo electrónico.

Valían todo tipo de propuestas. Vestidos o desnudos. Eróticos o pornográficos; en su casa, en su cama, en la calle o en la oficina. En las más variadas e imposibles posturas que fueran capaces de imaginar. «Tampoco es que imaginen mucho», apuntó Ana.

Pero ahí estaban ellos, mostrando con orgullo la firmeza de sus atributos. Enseñando pecho, lengua  y trasero.  En calzoncillos o a medio vestir. En el baño de un bar o en el asiento de su propio coche. Descartaban de inmediato a los que, henchidos de emoción, mostraban la cara. «¡Juego peligroso!», cantaba Silvia. En cambio, se apreciaba en particular a los que enviaban vídeos como constancia de sus homenajes a Onán y a su amante imaginaria.

Con el fin de motivar a sus contactos, ellas también podían enviar sus propias imágenes , las que causaban momentos de bastante hilaridad entre ellas por aquello de la celulitis, la cintura perdida, la lencería, las arrugas o las posturitas. Así, muertas de risa,  conseguían relajar un ambiente muy cargado de tensión, lógico en cualquier tipo de competición.

Una vez revisados en detalle los resultados semanales, ganaba la que conseguía el mensaje más escabroso. Antes de volver a sus casas, borraban cualquier vestigio de sus archivos. Luego, se abrazaban y besaban a modo de despedida, con el siguiente reto en mente.

Las cinco amigas esperaban con impaciencia el siguiente reencuentro. Cada una iba llegando con el móvil en la mano, bien cargado de batería, y de las irrefutables pruebas conseguidas a lo largo de la semana.

Hasta aquella fatídica noche, la última, en la que una de ellas señaló una peculiar marca sobre la cadera de un cuerpo desnudo que mostraba, directamente a cámara y sin el menor pudor, un hermoso pene erecto del que colgaba un mensaje: «Mis dos cabezas solo piensan en ti. Hoy se han despertado haciéndote el amor.». Lo firmaba «Oz», la última conquista de Ana.

Rosa no tuvo ni un ápice de duda. Se trataba del mismo lunar que había besado y relamido por la mañana de ese mismo jueves.

Fue durante el jugueteo previo hasta terminar montada sobre aquel erguido, y descarado, pene. El de su marido…

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wasa

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Carrusel

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“Al amor no hay que darle muchas vueltas.
Tan solo admite dos.
Sí o no.”
(Carrusel, No hay tres sin dos, Trama editorial.)

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Tú y yo, Garaje Jack

 

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