Un gintonic a tu memoria

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Cuatro años después, aquí sigo. Aquí seguimos.
Todo va más o menos bien. Hay poco que contarte.
Lo más reciente es que, al final me decidí, y he vuelto a vivir en Madrid.
Por otro lado, y aunque perjuré lo contrario, he escrito otro libro. Sí, lo sé, mis «nuncas» de siempre.
Me imagino que ya sabrás que algunos amigos tuyos se han marchado para seguir haciendo poesía al mismo sitio al que tú te adelantaste. Supongo que ya estarás verseando con Panero.
Una buena noticia es  que Ruth ha sido tía abuela de una hermosa niña. También se cambió de casa. Por mi parte, en los últimos tiempos, he hecho nuevos amigos y sigo tratando de conservar a los viejos, pero ya sabes que soy un desastre. Esperanza, tu «niña», está muy divertida. Daniela se fue a seguir sus sueños a Mallorca. Tus hermanos, uno cantando, el otro, viajando, como siempre. Manuel sigue siendo mi compadre, amigo y editor. No hemos dejado de cantar rancheras.
En fin, ya ves, todos seguimos empeñados con la vida.
¿Yo? Ya sabes, la misma. Sonriéndole al diablo, enamorada del presente y sin más futuro que lo que estoy tratando de escribirte ahora mismo, robándole un instante a la mañana para decirte que sigues tan vivo como siempre. Que aunque la vida, mi vida, se ha rehecho en otras calles, lo bueno y lo duro, no lo puedo, ni lo quiero, olvidar.
Ni en uno ni en cuatro años. Ni en siete vidas.
Y, aunque la espalda me siga doliendo, la ausencia, la tuya, por fin encontró su sitio en éste devenir de la vida mía. Escogió un buen lugar, a salvo de penas y tristuras. Un lugar amable, cálido, muy cercano a esa «extraña lasitud de la ternura»…
Quiero imaginar que tú debes estar muy bien, disfrutando de ese limbo privado para poetas que gustaban de los gintonics sin floripondios y que ahora están tan de moda por aquí. ¡Te daría un ataque si vieras esas copas llenas de gominolas, pétalos de flores y granitos de raras especias!
En fin, querido Carlos, ya para despedirme, quiero darte las gracias por andar revoloteando por ahí como un duendecillo invisible, ayudándome a desenredar las dudas y arropándome los miedos, mientras voy tratando de ser feliz.
No es fácil, tú lo sabes. Los años, los sueños y la puñetera realidad no ayudan. Se trata de aquello que solías citar de Cernuda sobre «la realidad y el deseo», lo que no termino de cuadrar.
Pero no te preocupes. Bien me conoces y sabes que seguiré «braceando a muerte» para no ahogarme en los mares detenidos de éste absurdo cuento que es la vida.

(A Carlos Álvarez-Ude, en el cuarto aniversario de su último beso.)

 

 

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(Dis)culpa

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Donde dije “quiero” quise decir “adiós”.

Donde dije “adiós” quise decir “amor”.

Donde dije “amor” quise decir “quiero” pero dije “adiós”.

Perdona.

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Del libro Cuentos chinos ( Trama editorial, 2009.)

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Pesar matutino

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Por la mañana,
Frente al espejo, he descubierto
Las primeras arrugas en mis palabras.

(Y quizá tienen algo de artritis. Duelen.)

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I’ve been high, REM

 

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Octavio Paz y España

Octavio Paz 1.jpeg

Octavio Paz 2

En esta carta de 1962,  Octavio Paz habla de su amor por España: “Le confesaré que me dió gran alegría publicar en España, estar cerca de los españoles, fue y es uno de mis sueños. Cada día me siento más español. Y un día me iré a vivir entre ustedes.”

Más adelante, Paz recomienda a algunos autores mexicanos: “…Lo que haga Xirau estará bien hecho. Por lo pronto, le adelanto algunos nombres. Entre los poetas (parto de la idea de que se trata de la “joven literatura mexicana”) hay tres nombres indispensables: Jaime Sabines, Marco Antono Montes de Oca y Tomás Segovia…”

En referencia a los cuentistas, escribe: “… Juan José Arreola, Juan Rulfo y Elena Garro: para mí son los tres más importantes. Rulfo parece que ahora escribe poco y que se rehusa a publicar…”

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Microrrelato

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Llevaba toda la noche intentando redactar un cuento breve que le habían encargado, pero lo único que le venía a la cabeza era la página recién escrita en otra piel.
Tan sólo necesitaba ciento cincuenta palabras con las que jugar a sorprender al lector. Tras muchas horas, y muchas vueltas, lo único que fue capaz de hilvanar sobre el despiadado folio en blanco, fue: «Me urgen sus ojos. Necesito que me desnuden mil veces más».
Pero eso no le podía interesar a nadie. Ni siquiera a su corazón.
Asumió que no tenía nada que contar.
Con la certeza de que aún les quedaban muchos capítulos por garabatear a cuatro manos antes de que aquel olor impregnado en su memoria se desvaneciera, decidió esperar a que, en el inevitable factum de los desencuentros, aquello se transformara en el mero recuerdo de su cuerpo encajado contra el suyo.
Entonces, y no antes, conseguiría la medida exacta para ajustarse a la magnitud que requería un buen microrrelato.

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breve

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Rainy day

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Aquella nube se parece a ti.

Huele a madera y ámbar.

Me mojo.

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Paco de Lucía

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Que le falle el corazón a quien ha provocado emocionados latidos en infinidad de corazones, resulta tristemente disonante…

¡Buen viaje, Maestro!

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De nuevo juntos…

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